DESPUÉS DE HABLARLES
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DESPUÉS DE HABLARLES

Después de hablarles, el Señor Jesús subió al Cielo y se sentó a la derecha de Dios. Terminan así los días entre la Resurrección gloriosa del Señor Jesús y su Ascensión al Cielo. Días entre el tiempo y la eternidad. Jesús se dejó ver, en diversas ocasiones, por su Madre, por las mujeres, por sus discípulos. Les pidió de comer y les habló. Lo vieron y escucharon pero ya sabían que se presentaba de improviso o desaparecía, que era otro. El acontecimiento de la Ascensión pone fin a esa etapa.

La Ascensión del Señor indica su nueva presencia entre nosotros. Con el envío del Espíritu Santo, nos convertirá en su misma expresión y complemento. Somos como parte de su biografía. Cristo Jesús quiere actuar con nuestra pobre colaboración. Su gozo es podernos presentar al Padre como prolongación suya en la historia. Para vivir esta realidad, hay que pasar días de cenáculo, con María la Madre de Jesús, revisando la propia vida e implorando el Espíritu Santo. Nuestra vida está injertada en la misma vida de Cristo. Ya no estamos solos. Ocupamos un puesto peculiar en su Corazón, participando de su misma vida. Él ya comparte con nosotros su glorificación. Quiere seguir construyendo la historia por medio de su familia, de su Iglesia que es la visibilidad de su donación.           

No es el momento de permanecer pasivos mirando al cielo, sino de construir el Reino con la esperanza puesta en el Señor que un día volverá. No siempre acertamos al vivir esta tensión. O estamos demasiado atentos al cielo futuro o poco dedicados a la tierra presente. Pero, ciertamente, son bastantes los que han dejado de mirar al cielo. Las consecuencias pueden ser graves. Olvidar el cielo no conduce automáticamente a preocuparse con mayor responsabilidad de la tierra. Ignorar a Dios que nos espera y nos acompaña hacia la meta final, no dará una mayor eficacia a nuestras acciones. No recordar nunca la felicidad a la que estamos llamados disminuye la fuerza para el compromiso diario. Por otra parte, obsesionados por el logro inmediato de bienestar, atraídos por pequeñas y variadas esperanzas, atrapados en la rueda del trabajo y el consumo, quizás  necesitamos que alguien nos grite: “¿qué hacéis en la tierra sin mirar nunca al cielo?”.

Hemos acortado demasiado el horizonte de nuestra vida. Nos contentamos con esperanzas demasiado pequeñas. Se diría que hemos perdido el anhelo de lo infinito. Aprovecharemos aquí lo que podamos y luego nos iremos sin molestar. No se trata de elevar nuestra mirada hacia un cielo salido de las manos del Creador como un acto primitivo de fe. Queremos descubrir que Dios está llevando a plenitud todo deseo de vida y felicidad encerrado en la creación y en la historia de los hombres. Creer en el cielo es recordar que los hombres no podemos darnos todo lo que andamos buscando. “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio”. Este es el horizonte de la Iglesia. La misión de proclamar la Resurrección y la Vida tendrá siempre signos de autenticidad. Si se nos cierran caminos, se abrirán otros; si hay dificultades, vendrán también soluciones inesperadas; los débiles se verán fuertes; lo que parecía imposible, se conseguirá; los enfrentamientos se disiparán; toda enfermedad extirpará la desesperación; donde el diablo lo haga todo pesado y confuso se alumbrará la libertad verdadera. Unámonos, pues, enviados como santa Iglesia de Dios y el Señor cooperará.

Mn. Pere Montagut, párroco.

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