DIOS ES AMOR
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DIOS ES AMOR

Dios es amor. Y viviendo por el bautismo en su comunión trinitaria nos sucede algo admirable: cuando nos amamos unos a otros resulta que nos comprendemos como nacidos de Dios, porque el amor con el que nos amamos es de Dios, y por ello, actuamos conforme a lo que somos. No podemos más que amar y, además, es amando como conocemos a Dios. Pero es precisamente en el terreno del amor en el que más personas se alejan de Dios, eso si, desde un amor pretendidamente desvinculado de Dios. Los mensajes mundanos que recibimos nos dicen insistentemente que “amar no crea problemas, que para amar no necesitamos precauciones, que el amor sirve si nos satisface y cuando no lo consigue es que se ha terminado, que amar como sea es una forma de salvar nuestra soledad y que el amor no puede quedar encerrado en leyes morales o estereotipos sociales”. Pero lo que no se dice es que en la vivencia del amor es donde también abundan los fracasos y que muchas experiencias amorosas acaban con secuelas violentas.

¿Qué le pasa al amor? ¿Qué sucede cuando nos amamos unos a otros? ¿Cómo será el corazón humano que cuando ama, a la vez, consigue abrir la llave de tantos sufrimientos? Sabiendo, pues, lo que implica amar no es absurdo preguntarse: ¿como es el amor con el que amo? Si el amor es una respuesta a un mandato del Señor “que os améis, como yo os amo” no consideraremos tanto su conveniencia y quedaremos sorprendidos de lo que podemos “permaneciendo en su amor”. Porque amar es obedecer a Dios que nos da su mismo ser, el amor, para que demos vida y alcancemos la verdadera alegría. En cambio, cuando el amor es tan solo una ruleta en la que te puede tocar o no un premio, cuando el amor es el muñeco de nuestros egoísmos, el pozo de nuestras ingenuidades o el motor de muchas de nuestras maldades… entonces derrochamos la pureza del amor con el que somos amados. Ni los más creyentes estamos exentos de este pecado.

En tanto en cuanto esté Dios, allí está el amor y la promesa de que él sigue amando, atrayendo y resolviendo lo que nuestro pecado pervierte. Si no está Dios seremos capaces de expresar el amor carnal pero siempre quedara el vacío de lo que solo Dios puede llenar amando. El amor servil, el amor interesado, el amor placentero, el amor egoísta, el amor pusilánime… son amores todavía demasiado nuestros. Ha de venir el Espíritu Santo para que las Palabras de Jesús, que abrasan el alma, sean una realidad viva y gozosa. Son palabras que resuenan ahora con la misma fuerza con que se pronunciaron por primera vez, con la misma intensidad, con la misma urgencia. El amor que Jesús nos encomienda no es una simple corriente de simpatía. Es un amor efectivo y operativo. La incidencia del amor de Dios en el alma, arraiga en el corazón y produce sentimientos de aceptación, de respeto y estima, al tiempo que da frutos de justicia, de reconciliación y de fraternidad. El amor divino nos urge, pues, con su impulso arrollador. No lo convirtamos en una carta de poesía, no sirvamos el amor en pequeñas dosis, miedosos. No administremos el amor, a según quién y cuidando de unas reservas para nuestro único disfrute. Permanezcamos en su amor en el seno de la familia, en nuestros trabajos, en cada preocupación, en los cambios que hemos de asumir, en lo que ahora nos hace sufrir. Permanecer en su amor lo es todo.

Mn. Pere Montagut, párroco.

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