LA IGLESIA ES DE CRISTO
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LA IGLESIA ES DE CRISTO

La Iglesia es de Cristo. Es lo que hemos escuchado en la primera lectura en el relato de cómo Bernabé introduce a Pablo en la comunidad de los fieles y las resistencias que encuentra en ser aceptarlo ya que ha sido un perseguidor fanático de los cristianos. Sólo Cristo puede hacer que un gran perseguidor de la Iglesia de repente se convierta en un gran apóstol de ella, de un día para otro. No imaginaban los primeros cristianos la insondable riqueza que estaba regalando Cristo a su Iglesia con la incorporación de Pablo de Tarso. Tampoco nosotros imaginamos de que modo siguen esos regalos de Dios: aquel fanático de los abortos que de golpe siente el horror de lo que hizo, el sumido en las peores dependencias del alcohol y la droga que, de golpe, pasa de la desesperación al coraje de recuperar el dominio de su vida con los auxilios de Dios; o aquel que cansado de buscar la felicidad por su cuenta y fuera de la realidad, de golpe, reconoce que ha de recibirla como Cristo la derrocha en su Eucaristía.

Dios es más grande que nuestro corazón. Por eso confiamos siempre por encima de lo que podamos sentir. Nuestra unión con Jesús es sacramental y vital. Pero es imprescindible cuidarla y sanarla para que como sarmientos podamos dar frutos. Necesitamos recibir la fuerza de Él y permanecer vivos. No podemos vivir sin Cristo, sin estar unidos conscientemente a Él. Y esto vale no solo para nosotros sino para todos aquellos que parecen llevar una vida normal sin Él. Una vida sin el Señor de normal no tiene nada. Puede haber estudios, trabajo, riqueza, realización personal pero falta la fuente en la que calmarnos, el regazo en el que poder llorar, la mano en la que crecer, la paz desde la que acoger el origen y el sentido de todo. Falta lo más verdadero: que nuestro deseo infinito consiga su fin divino.

El Señor sabe como podarnos. Sin la poda creceríamos desordenadamente y los frutos no serían nada buenos. A la luz del Evangelio nos podemos interrogar sobre los frutos que estamos dando y los que estaríamos llamados a dar. Aceptar la poda que el Señor hace en nuestra vida es disponernos para algo grande, es para que no nos conformemos, es para renovar lo que ya no está en nuestra mano sino solo en la suya, en la mano del labrador que nos cuida hasta en los detalles más ínfimos.

En el relato de los Hechos de los Apóstoles se nos ha dicho también que la Iglesia “se iba construyendo y progresaba en la fidelidad al Señor y se multiplicaba animada por el Espíritu Santo”. Pues así es, el Espíritu Santo es el alma de la Iglesia, el que hace que la savia circule de la raíz a los sarmientos. La vida es cristiana porque se alimenta de Cristo. Unidos a Cristo vivimos la plenitud de Dios con nosotros. Y esta unión es obra del Espíritu Santo. Por eso la Iglesia actúa, habla de Cristo y da testimonio de su obra con el único objetivo de que muchos vuelvan a ella. Todos los dones del amor eterno de Dios están aquí para guiarnos al cielo. Es doloroso cuando un ser querido está separado de la fe. Pero muchos santos sintieron este mismo dolor. El Espíritu Santo nos inspira y nos llama a compartir la fe con amor y reverencia y a pedir lo que deseamos. Así el camino de retorno estará abierto a muchos. No lo dudemos: ¡Cristo es la Vida del mundo! Solo Él tiene palabras de vida eterna, esas palabras que han de pronunciar mi nombre. Para que sin Él yo no pueda nada.

Mn. Pere Montagut, párroco.

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