EN EL CENÁCULO...
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EN EL CENÁCULO...

En el cenáculo, los discípulos están muy alterados, unos dicen que el Maestro ha resucitado y otros que no. La mayoría creen lo que dicen las mujeres, pero la fe no es todavía total. Y llega San Pedro, al que también se le ha aparecido el Señor, y llegan los dos discípulos de Emaús con la misma noticia. Y estando todos comentando lo ocurrido, con las puertas cerradas, Jesús entra y en medio de ellos, les dice: Paz a vosotros.

Por medios técnicos que tengamos para comunicarnos podemos estar bien cerrados por dentro y por fuera. Atendamos, pues, al recorrido que san Lucas nos propone en el Evangelio de este domingo como enseñanza cierta. Con la paz de Dios los discípulos siguen aterrorizados y llenos de miedo, creían ver un espíritu. Tener paz interior en medio de la turbación es un don del Espíritu Santo, pero no siempre. En aquellos primeros instantes, a pesar de la paz que Cristo les infunde, siguen miedosos y no le ven tal como es. Los miedos pueden más, los miedos bloquean.

Ante las dudas les muestra manos y pies, con carne y huesos e invita a palparlo y a reconocerle en persona. No acababan de creer por la alegría y seguían atónitos. Y es que la alegría es un don del Espíritu Santo, pero no siempre. Y aunque ya son conducidos gradualmente al reconocimiento propio de la fe, todavía conocen y ven de forma imperfecta: un exceso de gozo nos proporciona la dosis necesaria para no crecer. En cambio, la confianza nunca será excesiva, ella nos llevará al santo abandono.

Y comiendo delante de ellos, con aquella mirada luminosa y penetrante de Cristo, que acariciada y exigía al mismo tiempo, les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras.Les dice que todo lo sucedido era necesario para que se cumpliera lo que estaba escrito acerca de Él. No basta la paz, ni la alegría. Él nos tiene que abrir el entendimiento para que su Palabra sea la luz bajo la cual yo vea, me vea y le vea vivo y presente. ¿Cuántas veces hemos aprendido lo que necesariamente tenía que suceder para dar gloria a Dios?

Y así llegamos a la culminación: Vosotros sois testigos de esto. Testigo es aquél que no sólo ha visto o ha oído, sino que sobre todo ha experimentado algo que ha transformado su vida. Por el triunfo grandioso y definitivo de Cristo, nada ni nadie nos puede arrancar ni la paz ni el sosiego, ni la esperanza ni la alegría. Pero el encargo personal que nos hace Cristo es el de ser portadores y transmisores eficaces de la gran noticia que trae la salvación temporal y la eterna a nuestros amigos y enemigos.

No basta decir: Yo lo conozco (como nos dice la carta del apóstol San Juan). Es decir, no basta con reconocer las propias culpas, ni siquiera basta con llorarlas, ni tampoco es suficiente decir me arrepiento. Es necesario, imprescindible, verse criatura nueva, es decir, capaz de vencer el pecado del hombre viejo, y emprender un nuevo rumbo, aquel que nos abre un camino donde quizá antes solo había una imposibilidad. En tanto en cuanto seamos testigos seremos también maestros. Porque la experiencia de fe enseña lo que no se puede transmitir de memoria ni por lo aprendido. Nuestro testimonio será creíble si lo que decimos viene con el sello de lo que Dios ha obrado en mí, por pura gracia. 

Mn. Pere Montagut, párroco.

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