A OCHO DÍAS...
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A OCHO DÍAS...

A ocho días de haber celebrado la Resurrección del Señor, la liturgia de la Palabra nos presenta hechos y acontecimientos vividos por la primera comunidad de la Iglesia inmediatamente después de la Resurrección de Jesús de entre los muertos. En los Hechos de los Apóstoles se nos muestra que la forma de vida de los primeros cristianos, centrada en la alabanza a Dios y las relaciones fraternas, era lo que permitía a los primeros discípulos ganarse la simpatía de todo el pueblo.

La presencia de Jesús resucitado en medio de la comunidad da paz y quita miedos. La victoria de Jesús, es la victoria de Dios sobre el poder del pecado y de la muerte que es lo que impide a la humanidad asumir una vida total y plena. Como discípulos del Señor no podemos encerrarnos en un mundo de miedos, permaneciendo paralizados, desanimados o con sentimientos de fracaso. Nuestra esperanza no está puesta en si nuestros templos están llenos o vacíos de fieles, sino en el poder de la resurrección de Jesús que ha dado muerte a nuestra muerte. Por Él tenemos asegurada la victoria final: un final que renueva ya el momento presente como don del Resucitado. Él es quien da seguridad y eternidad a nuestros días.

San Pedro nos dice que la alegría de la Resurrección supera las contrariedades y vence todas las pruebas, porque el Señor nos da una esperanza viva. Es verdad que para mucha gente es como si Cristo estuviera muerto, porque apenas significa algo para ellos. Casi no cuenta en sus vidas. Pero aun así necesitan recibir la buena noticia de la resurrección del Señor. Nos toca a nosotros dar el mismo testimonio que le dieron los apóstoles a Tomás. Sus primeras dudas desaparecen cuando el Señor lo invita a tocar sus llagas. La respuesta de Tomás es un acto de fe, de adoración y de entrega sin límites:”Señor mío y Dios mío”.

Estas dudas originales de Tomás sirvieron para confirmar en la fe a muchos que después creyeron en el Señor. Si nuestra fe es firme, también, esta fe servirá para que la fe de muchos otros se apoyen en la nuestra. Para ello tenemos necesidad de aumentar la confianza en el Señor sobre todo ante las dificultades y ante acontecimientos que no sabemos interpretar desde el punto de vista de la fe, en tantos momentos de oscuridad que Dios permite.

Todavía son muchos los que no creen o simplemente no consideran imprescindible participar del banquete pascual del Señor de la gloria. En diversas circunstancias de la vida (por enfermedad, falta de trabajo, a causa de la muerte de un familiar, etc.) manifestamos quejas o enfados hacia Dios. ¡Cuanto necesitamos!, como Tomás,  tocar y reconocer, comer del Cuerpo y beber de la Sangre de Cristo y hacerlo en medio de la comunidad. No seamos profetas mudos en el mundo. No nos avergoncemos de Jesucristo ni de su Evangelio, no escondamos la luz pascual que hemos recibido para alumbrar con ella las tinieblas de todo pecado y de cualquier error. El Señor sabe cuándo y por qué hace las cosas. A cada uno da el tiempo que Él cree más oportuno. A Tomás le concedió ocho días para entender algo más grande que los demás. No dijo: “Es verdad, el Señor ha resucitado” sino “Señor mío y Dios mío”. Fue el primero de los discípulos en confesar la divinidad de Cristo tras la resurrección. Pongamos, pues, de nuevo los ojos en Jesús. No seamos pusilánimes sino prontos a entrar en el gozo de quedar unidos a Él, para vivir de Él y dar testimonio de la verdad.

Mn. Pere Montagut, párroco.

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