"LA BOCA DE CRISTO ES EL EVANGELIO"
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"LA BOCA DE CRISTO ES EL EVANGELIO"

La boca de Cristo es el Evangelio”, dice San Agustín, "Él reina en el cielo, pero no cesa de hablar en la tierra”. En este domingo es como si la Iglesia nos estimulara a compartir el estado de ánimo de Jesús, su alma agitada. De este modo nos prepara para revivir el misterio de su crucifixión, muerte y resurrección, no como espectadores extraños, sino como protagonistas juntamente con él. De hecho, donde está Cristo, allí deben estar también sus discípulos. No rehusemos, pues, el combate para ser partícipes de su victoria.

La hora de Jesús es su muerte en la cruz, que él llama su glorificación, porque más allá de la espantosa oscuridad del Viernes Santo, en la cruz se manifestará la gloria del Señor. En el Calvario, el Crucificado se revelará, desde la profundidad del sufrimiento y del rechazo, como el Hijo de Dios que, elevado sobre el trono de la cruz, atraerá a todos hacia sí. Por eso Jesús desea ardientemente la llegada de esta hora, la hora de la manifestación de Dios y de la redención de los hombres, la hora de arrojar a las tinieblas al príncipe de este mundo, la hora de restaurar la paz entre Dios y los hombres, y de los hombres entre si. Es el deseo de Jesús que se actualiza hoy en el clamor de la humanidad que la Iglesia acoge, interpreta y eleva en oración.

Quizá Jesús, en el hecho de que todo el mundo vaya tras él, ve un signo del cumplimiento de su hora, la hora de su muerte, resurrección y glorificación. Cuando está atrayendo a muchos entiende que ya ha llegado la hora. Otras veces había repetido que su hora no había llegado aún (como en las bodas de Caná o en el templo de Jerusalén cuando lo querían prender). Pero Jesús es la semilla que ha de morir. Su misión se hace fecunda al morir por nosotros. Y nosotros debemos también morir a nosotros mismos, si queremos dar frutos para el Reino de Dios.

Mirando el crucifijo, nos damos cuenta del amor de Jesús muriendo, pero vemos, sobre todo, de qué modo Dios es amor. Por eso la cruz nos atrae tanto. Se revela el auténtico poder que no tiene que ver con lo que se puede dominar por la fuerza, por las influencias o por las posesiones. La cruz es la medida del amor. Su morir de amor y por amor atrae hacia Él a gentes de toda raza y nación. Cuando tantos imperios han acabado cayendo, Jesús, a través del sufrimiento y la servidumbre, instituye el reinado de Dios, el único capaz de afrontar el rechazo, el odio y la misma muerte de parte de los hombres. Así la santa Iglesia nos guarda para la vida eterna mientras sobrevive por su servicio divino en medio del mundo.

En la nueva alianza ya no es necesario que alguien nos enseñe cuál es la voluntad de Dios porque al estar incorporados a Cristo Jesús, vivimos una relación amorosa con Dios que nos permite percibir inmediatamente sus deseos y corresponder a ellos. Nuestra vida ya no está orientada por una ley externa, sino por aquella interior escrita por Dios en el corazón. Cristo, que actúa a través de su Espíritu, nos la va revelando a cada momento según la voluntad del Padre. Cuando perdone nuestra culpa y ya no recuerde nuestro pecado veremos a Jesús en su verdadero poder, el fruto de la cruz por todos los siglos.

Mn. Pere Montagut, párroco.

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