LA CRUZ DE CRISTO
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LA CRUZ DE CRISTO

La cruz de Cristo es poderosa porque es juicio de Dios. Para san Juan todo consiste en esto: la luz ha venido al mundo y los hombres han amado más las tinieblas que la luz. Y es que sus acciones eran malas. Por tanto, tenemos la luz, nada nos impide andar en la verdad, pero precisamente ahí está también el drama humano… preferimos encubrir acciones que, por esa misma luz, sabemos que son malas. Así nos quedamos mejor en una oscuridad que no nos obliga a reconocer nada.

La cruz nos obliga a vivir conformes a ese juicio luminoso de Dios. Hemos de aprender a valorar los acontecimientos de nuestra vida desde Dios. Como el autor del libro de las Crónicas que tiene ante sus ojos el destierro del pueblo de Israel como una situación de punto muerto. No podrá haber salvación si no se da una verdadera conversión del corazón que parte del reconocimiento del propio pecado y una voluntad explícita de volver al Señor. Entonces el Señor tendrá piedad de su pueblo. Es un proceso penitencial en el que no nos cuesta tanto identificar el pecado como admitir que todo lo que nos sucede es consecuencia del pecado.

Cuando una forma negativa de vida se generaliza y se hace forma habitual de convivencia (en la familia, afectividad, trabajo, amistad, costumbres…) ya no estamos ante simples errores de cálculo sino ante un pecado, es decir, una oposición a Dios, la negativa a vivir según sus mandamientos. Entonces hay molestias en lugar de entrega, hay exigencias en lugar de respeto, oposición (entre sexos, hombre y mujer) en lugar de complementariedad, hay vicios en lugar de virtudes. Por ello, en la sabiduría de la confesión, lejos de realizar una acusación genérica, enumeramos los pecados, porque eso es ya una forma de reconocerlos. Cuando nos hemos alejado de Dios y sufrido sus consecuencias, tomamos conciencia. Y al reconocimiento sigue el perdón. Cuando el pueblo se arrepiente, entonces Dios comienza su obra de redención.

Otro poder de la cruz es el que nos lleva a identificar en el pecado la fuente de todas las desgracias. Jesús se presenta como el Mesías Dios que acepta ser juzgado antes que juzgar; es el que viene del Cielo a salvar y no a condenar. Porque el verdadero juicio, viene de la relación que cada uno tiene con la verdad de Dios y esa es una relación personal, silenciosa, desconocida… que ha de pasar de las tinieblas a su luz. Esto es el pecado: la negativa del hombre a entrar en esa relación de amor con el Padre por medio del Hijo.

La tecnología, el dinero, las ideas políticas o cualquier proyecto nuestro resulta insuficiente para interpretar lo que nos pasa. El misterio del hombre, su vida, su sufrimiento y su muerte es todo demasiado serio como para que quede encerrado en el parque de nuestras atracciones o distracciones. No se nos ha dado otro nombre con el que podamos ser salvos. Ni nuestra religiosidad ni las religiones salvan. La única salvación es Jesucristo, el Señor. Siempre será necesario “nacer de nuevo”. Mordidos por la serpiente, necesitamos mirar al Crucificado. ¿Encontraremos mejor “donante compatible” que pueda curar nuestro organismo? Solo hace falta mirar. El semejante cura lo semejante. Es el Hijo de Dios colgado en el árbol de la cruz. Es la verdadera imagen de Dios en el corazón de la Iglesia. Te doramos Señor y te bendecimos.

Mn. Pere Montagut, párroco.

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