EL CUERPO DE CRISTO
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EL CUERPO DE CRISTO

El cuerpo de Cristo, destruido en la cruz por la violencia del pecado, se convertirá por la Resurrección en el lugar de comunión entre Dios y los hombres. El Evangelista san Juan realiza hoy este primer anuncio de la muerte y resurrección de Cristo. Su humanidad es el verdadero templo, donde Dios se revela, habla, se deja encontrar. Los verdaderos adoradores de Dios no serán los que custodian el templo material o los que tienen el poder y el saber religioso, sino los que adoran a Dios “en espíritu y verdad” (Jn 4,23).

Nos estamos preparando para renovar las promesas de nuestro Bautismo en la noche de Pascua y hacer de nuestra existencia un camino pascual con Cristo vivo. Por eso, a la luz de la Palabra proclamada, nos preguntamos: ¿en mi vida el Señor se siente verdaderamente como en casa? ¿Le dejamos limpiar y expulsar de ella ídolos, codicia, celos, mundanidad, envidias, odios? Jesús no puede dejarnos convivir con el pecado, de ahí nace su ira. Con el látigo de su misericordia nos limpiará. Jesús conoce aquello que hay en el interior de cada uno, y conoce también nuestro más ardiente anhelo: ser habitados por Él, sólo por Él.

Las autoridades del templo de Jerusalén se oponen a Jesús cuando les habla del templo de su cuerpo. Por ello, en este domingo, no olvidamos que los templos materiales de Dios profanados no son sino un signo de aquellas otras profanaciones del templo vivo de Dios: ¡cuántas profanaciones de Dios en las guerras aún vigentes en nuestro mundo! ¡Cuántas profanaciones y manipulaciones de Dios en los países empobrecidos! ¡Cuántas profanaciones de Dios en tantos marginados y en la sociedad del bienestar que impone el silencio sobre Dios! Pero el amor de Cristo es valiente, es una fuerza que lo renueva todo y que se manifiesta no sólo por medio de sentimientos  compasivos. El amor de Dios no se contenta  con aliviar los sufrimientos, no se  conforma con lamentar los males sino que planta cara a los que provocan el mal. No basta con reconstruir los templos profanados sino que hay que echar a los profanadores.

Contemplar a Jesús echando a todos los mercaderes es lo propio cuando hacemos de la casa de Dios no un lugar de oración y de encuentro fraterno sino una manipulación de Dios y de exhibicionismo personal. Lo tenemos ya como muy asumido: que el mundo es un puro mercado, donde todo se compra y se vende, donde hasta nuestras relaciones corren el riesgo de convertirse en comercio interesado. La liturgia de la Iglesia nos ofrece siempre este espacio sagrado en el que, por medio de la gratuidad y del amor más puro, expresamos un culto vivo, nacido de la fe y del corazón.

¿Qué es lo más decisivo para nuestras vidas? Necesitamos ir más con cuidado para no desfigurar el rostro de Dios en su verdadero templo. ¿Cuál es el soporte habitual de nuestros pensamientos y criterios de actuación? ¿Son los mandamientos de Dios? Aprovechemos la Eucaristía que celebramos con fe. Es ella la que nos hace crecer como templos vivos del Señor, gracias a la comunión con su Cuerpo crucificado y resucitado. El alma solo descansa cuando encuentra esta alianza eterna y estable. Cuidémosla aunque nos comprometa a cumplir lo prometido.

Mn. Pere Montagut, párroco.

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