CUIDAR LA SALUD
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CUIDAR LA SALUD

Cuidar la salud, nos dicen a menudo, no significa tan solo someterse a revisiones médicas. Una de las funciones del terapeuta es lograr que cada paciente sea consciente de que es un ser totalizado, que no puede separar su cuerpo (lo que le duele o los síntomas que advierte) de lo que es él mismo como persona. Es algo más: es entender que tenemos tanto posibilidades como limitaciones y que eso de entrada no es malo, que eso forma parte de nuestra humanidad. Cuando se convive con una enfermedad, cuando una enfermedad cambia la vida, cuando una enfermedad altera las relaciones más habituales, cuando obliga a sacrificios, cuando llega a marginar, a limitar desplazamientos, cuando suscita preguntas, tristeza o hasta desesperación… es cuando hay que dar gloria a Dios imitando serenamente a Jesús, el Señor.

La enfermedad viene, tarde o temprano, y como imposición o cambio más o menos brusco, pone freno a nuestra natural autosuficiencia y rebeldía; frustra la pretensión de decidir cada uno lo que es bueno y lo que es malo, lo que nos conviene y lo que no. Esta triste situación se ha considerado como un símbolo del alma en pecado, que es en verdad la lepra del alma, el mal terrible que corroe y mancha al hombre. Una lepra que no termina con la muerte, sino que con ella empieza para no terminar jamás.

También esta lepra evangélica personifica a toda persona que se duele y llora por las situaciones de contradicción que se dan en el mundo. Por tanta exclusión e injusticia fruto de la intolerancia o de los intereses que convierten automáticamente a unos en buenos y a otros en malos. Unos son colocados en el escaparate, como referencia de una sociedad caprichosa, y otros son desterrados por su modo de vida. Existen muchas iniciativas para apartar a los “nuevos leprosos” porque no dicen lo que la sociedad quiere oír ni actúan como la sociedad dicta: los jóvenes castos, las mujeres que no abortan, los trabajadores que denuncian malas prácticas laborales, los que se muestran socialmente católicos, el político libre de su propia ideología, los que ayudan a salir de desórdenes morales, los que renuncian a ganar dinero por encima de todo…

Cuanta falta nos hace ir más allá de la espiral sin salida en la que nos han puesto: que si ser optimistas, que si distraerse, que si mirar el lado positivo… El leproso se pone de rodillas y adopta una actitud suplicante, con gran fe y humildad, lleno de confianza: "Señor, si quieres puedes limpiarme". Ante esa manera de rogarle, ante esa sencillez, el corazón de Cristo se enternece con una compasión profunda y contesta: "Lo quiero: queda limpio". Y al instante desapareció la lepra y quedó limpio. Reaccionemos, pues, evitando el pecado o para salir de él si lo hemos cometido. Acudamos a la confesión para que el sacerdote nos ayude a huir de nuestra soledad y tristeza, devolviéndonos la salud del alma y la comunión con los hermanos. El leproso no dudó, su oración manifiesta su alma y su fe: cree que Jesús es Dios. Día inolvidable para el leproso. La alegría devuelta será el motor de su fervor.

Mn. Pere Montagut, párroco.

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