MIENTRAS JUAN BAUTIZA A JESÚS
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MIENTRAS JUAN BAUTIZA A JESÚS

Mientras Juan bautiza a Jesús a orillas del Jordán sucede algo grandioso: los cielos se abren, se oye la voz del Padre y el Espíritu Santo desciende en forma visible sobre Jesús. Se trata de una manifestación del misterio. Pero ¿por qué se produce esta visión en el momento en el que Jesús es bautizado? La explicación está en la finalidad por la que Jesús va a Juan para que le bautice. Jesús recibe este signo de arrepentimiento junto a muchos otros que corren hacia Juan pero su intención la expresa el apóstol Pablo: “Al que no había pecado, Dios le hizo expiación por nuestros pecados” (2 Co 5, 21).

     Y es, justamente, en este momento de intensa solidaridad con los pecadores, cuando tiene lugar la grandiosa epifanía trinitaria. La voz del Padre tronó desde el cielo, anunciando: “Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto”.Tenemos que comprender que lo que le agrada al Padre, reside en la voluntad del Hijo de ser solidario con los pecadores. De este modo se manifiesta como Hijo de este Padre, es decir, el Padre que “tanto amó al mundo que entregó a su Hijo único” (Jn 3, 16). En aquel preciso instante, el Espíritu aparece como una paloma, desciende sobre el Hijo, imprimiendo una especie de aprobación y de autorización a toda la escena inesperada.

     El Espíritu, que ha plasmado esta escena preparándola a lo largo de los siglos de la Historia de Israel (“que habló por boca de los santos profetas”, como profesamos en el Credo), nos abre a una comprensión todavía más profunda. El mismo Espíritu que acompañará a Jesús en cada instante de su existencia terrenal para que todo sea revelación del Padre, nos hace ahora entender al profeta Isaías como una prolongación de las palabras del Padre referidas al corazón de Jesús: “Tú eres mi Hijo, el amado, mi elegido, a quien prefiero. Sobre Ti he puesto mi espíritu. Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he tomado de la mano, te he formado y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones”.

     “La voz del Señor está sobre las aguas”.La Iglesia canta este salmo como celebración de las palabras del Padre. De este modo comprendemos cómo el Bautismo de Jesús por parte de Juan Bautista no fue el definitivo sino una acción simbólica de lo que se habría de cumplir en el Bautismo de su agonía y muerte en Cruz. Porque es en la Cruz donde Jesús nos rescata de la maldición de la ley, haciéndose por nosotros un maldito (Ga 3, 13). La voz del Señor sobre las grandes aguas de la muerte, con fuerza y poder, sacará a su Hijo de la muerte. “La voz del Señor es potente, la voz del Señor es magnífica”.

     La voz del Padre también a nosotros nos ha declarado amados y predilectos. Ahora se cumple la verdad del Nacimiento del Hijo de Dios. Todo ha sucedido para que nosotros seamos hijos de Dios y para llamarnos así a una nueva vida rescatados del mal y de la muerte. Las palabras y los hechos de Jesús nos marcarán el camino para escucharle y seguirle. Así, la belleza de lo que hemos cantado estos días, será aún mayor al vernos incorporados a ese río de agua viva que lo cambiará todo.

Mn. Pere Montagut, párroco.

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