DESPUÉS DEL NACIMIENTO DEL SEÑOR
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DESPUÉS DEL NACIMIENTO DEL SEÑOR

Después del Nacimiento del Señor,celebramos con alegría a la Sagrada Familia de Nazaret. Jesús naciendo y creciendo en una familia humana tuvo a la Virgen María como madre y san José le hizo de padre. Ellos lo criaron y educaron con inmenso amor. La familia de Jesús merece en verdad el título de “sagrada”, porque su mayor anhelo fue cumplir la voluntad de Dios, encarnada en la adorable presencia de Jesús. Esta página del Evangelio nos revela la vocación más auténtica y profunda de la familia: acompañar a cada uno de sus componentes en el descubrimiento de Dios y del plan de salvación que ha preparado para ellos.

     Para la mayoría de nosotros la Navidad es un momento de encuentro y celebración junto a familiares y amigos. No siempre estas celebraciones están lejos de tensiones y sentimientos enfrentados. La Sagrada Familia es siempre una ocasión para que veamos lo que a la vista de Dios es una familia y lo que se espera de nosotros para que sea en verdad “sagrada”. Dios creó a la familia, a través de su amor, como fundamento social de comunión según un diseño de perfección. La Palabra de Dios lo recuerda: lo primordial, tanto en los buenos como en los malos momentos, es reconocer la presencia de Dios en familia y tener fe plantando en ella el amor de Dios y el amor a Dios. María y José estuvieron pendientes de su voluntad ya sea a través de un ángel de Dios o siguiendo la ley judía.

     Esto es por lo que todos tenemos que luchar según la vocación familiar que ahora predomine. Ya sea como esposos, padres, hermanos, abuelos, hijos o hijas... todos establecemos alguna de estas relaciones y, aunque estemos en situación de reforzarlas, nuestra disposición a seguir amando, de perdonar o de compadecernos no siempre será correspondida. La dureza afectiva o el enfrentamiento generacional, ya sea por temas de dinero o por la incompatibilidad del convivir, nos hace experimentar muchas pruebas y tribulaciones. Pero la fortaleza del vínculo familiar es más evidente cuando puede sostener situaciones que humanamente nos ponen al límite como pueden ser la enfermedad y la misma muerte, los divorcios y divisiones o la vida perdida de alguno de sus miembros.

     Necesitamos confiar y vivir en plenitud lo que Dios nos entrega al darnos la vocación de crear y formar una familia. Y quizá además de gozarla habremos de dedicarnos a sanar sus heridas para levantar una unidad familiar fuerte como Dios la desea. Las fuerzas que actúan contra la vida y la estabilidad familiar nunca fueron tan agresivas y eficaces. Pero mientras tengamos a Dios como centro de la familia más de una vez nos asombremos de cómo nos ha defendido y liberado de tantos peligros y de que forma hemos sido bendecidos en ella. Todos cometemos errores: padres, madres, hermanos, hermanas, hijos y abuelos. Pero lo peor sería creer que esto invalida a la familia. Dios siempre procurará, incluso más allá de los lazos carnales, relaciones amorosas y duraderas que nos hagan crecer en familias santas. Puede que sean las más imprevisibles e imperfectas, pero serán tan amadas como la de Nazaret.

Mn. Pere Montagut, párroco.

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