HOY HA APARECIDO UNA NUEVA FECHA
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HOY HA APARECIDO UNA NUEVA FECHA

Hoy ha aparecido una nueva fecha sobre el horizonte de la historia de la humanidad: 2018. Ha empezado apenas hace pocas horas y nos acompañará todos los días que se sucederán durante este año. Pero aquí queremos atender a la riqueza del contenido litúrgico de este primer día del año nuevo.

     Hoy es también el último día de la octava de Navidad. La gran fiesta de la Encarnación del Verbo Eterno continúa estando presente en este día. El nacimiento del hombre encuentra siempre su resonancia más profunda en la madre, y por ello este día está dedicado a la Madre del Hijo de Dios. Veneramos su Maternidad divina, así como la venera toda la Iglesia en Oriente y en Occidente, alegrándonos con la certeza de esta verdad, especialmente desde los tiempos del Concilio de Éfeso, en el año 431. Y queremos además interceder, en este primer día del año nuevo, para la gran causa de la paz en la tierra. Así permanecemos fieles al anuncio del Nacimiento de Dios, porque a él pertenece el primer mensaje de paz en la historia de la Iglesia, pronunciado en Belén: “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor”. Esta verdad sobre Dios ha de ser el fundamento y la única fuerza de la paz en el mundo.

     San Lucas describe a María como la Virgen silenciosa, en constante escucha de la Palabra eterna, que vive en la palabra de Dios. María conserva en su corazón las palabras que vienen de Dios y aprende a comprenderlas. También nosotros queremos aprender a ser discípulos atentos y dóciles del Señor. Con su ayuda maternal deseamos comprometernos a trabajar en la obra de la paz, tras las huellas de Cristo, Príncipe de la paz. Siguiendo el ejemplo de la Virgen santísima, queremos dejarnos guiar siempre y sólo por Jesucristo, que es el mismo ayer, hoy y siempre. Repetimos con fe y esperanza las palabras del Apóstol: “Cristo es nuestra paz”. Confiemos nuestros días a la Providencia del Señor y a la protección maternal de María, Reina de la paz. Nuestra esperanza és Jesús, que es el Nombre de salvación dado a los hombres de toda raza, lengua y condición. Proclamando su Nombre, caminamos seguros hacia el futuro, con la certeza de que no quedaremos defraudados si colocamos en la mente y pronunciamos con los labios el único Nombre que nos salva.

     El Niño que duerme y llora en el pesebre, aparentemente igual a los demás niños, al mismo tiempo es totalmente diferente: es el Hijo de Dios, es Dios, verdadero Dios y verdadero hombre. Si buscamos sin descanso su rostro, si no cedemos a la tentación del desaliento y de la duda, si incluso en medio de las numerosas dificultades que podamos encontrar permanecemos siempre anclados en él, entonces experimentaremos la fuerza de su amor y de su misericordia. Como reza el himno Alma Redemptoris Mater: “Tú, María, ante el asombro de toda la creación, engendraste a tu Creador, Madre siempre virgen”. Acompáñanos, pues, Madre celestial del Redentor, a lo largo de todo este año con el don de la paz.

Mn. Pere Montagut, párroco.

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