DESPUÉS DE LO QUE SUCEDIÓ EN NAZARET
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DESPUÉS DE LO QUE SUCEDIÓ EN NAZARET

Después de lo que sucedió en Nazaret, el evangelista san Lucas escribe este evangelio setenta años más tarde. Se informó muy bien antes de escribirlo. ¿Y de quién pudo informarse mejor sino de María? Escribió lo que oyó contar a María. Es el cronista exquisito del Evangelio de la Infancia, que descorre el velo del Misterio para mostrarnos el retablo viviente de Nazaret: la anunciación del ángel Gabriel, el consentimiento de María, la bajada del Espíritu y la concepción virginal del Verbo encarnado.

     Hay tres palabras que progresan en el corazón humano: la espera, la esperanza y la expectación. Esperar simplemente implica a la vez el interrogante de no saber si vendrá lo que se espera. La esperanza, en cambio, sabe muy bien lo que quiere, lo desea, lo prepara y está segura que llegará lo esperado. Finalmente, expectación que es deseo ardiente e impaciencia. La misma que sintieron Simeón y Ana antes del nacimiento de Jesús, o la de María y José buscando posada en Belén. En la primera lectura hemos visto cómo Dios rechaza que se le haga una casa. Después será Él mismo quien dispone cómo se ha de edificar el templo, de la mano del gran Salomón. Pero el templo verdadero no lo hará Salomón, sino el Espíritu Santo, y no estará en Jerusalén, sino en María. "El templo era su cuerpo...", dirá san Juan refiriéndose a Cristo (Jn 2,21). Y este es un principio que podemos aplicar a tantas otras cosas: sólo Dios hace obras dignas de Dios; sólo Dios sabe cómo se alaba a Dios, cómo se sirve a Dios, cómo se ama a Dios. Nada somos, nada podemos en su honor si Él mismo no viene con su Espíritu a darnos la luz, la voluntad y la constancia.

     El templo era su Cuerpo. El templo es su Cuerpo. Ese Cuerpo bendito, ese Cuerpo glorioso que contempla nuestra fe en el altar, que come nuestra boca en cada Eucaristía. El Cuerpo tejido de amores en María; el Cuerpo, el Templo y la Casa que David hubiera querido ver, ese es el Cuerpo que comulgamos, esa es la verdad que nos sacia, ese es el Amor que nos colma de alegría y de gozo.

Una oración de la liturgia ortodoxa nos sugiere esta reflexión: "¿Qué te podemos ofrecer, oh Cristo, a cambio de que te hayas hecho hombre por nosotros? Toda criatura da testimonio de su gratitud: los ángeles con su canto, los cielos con la estrella, los Magos con los regalos, los pastores con su adoración, la tierra ofrece una gruta, el desierto un pesebre. Pero nosotros, ¡nosotros te ofrecemos una Madre Virgen!". Nosotros –la humanidad entera- ofrecemos a María.

     María será la primera cuna de la Palabra inefable, el primer abrazo de la luz que llega, no posee otro tesoro que su humildad. En ella se acoge toda la plenitud, su pequeñez aloja lo infinito, el Hijo amado de Dios que necesita un abrazo sin velo. Guiados, pues, por la virgen María que nuestra parroquia, nuestros hogares y familias y el mundo entero entren en el misterio de la Navidad.

  Mn. Pere Montagut, párroco.

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