A CONSOLIDAR NUESTRA ALEGRIA ESPIRITUAL
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A CONSOLIDAR NUESTRA ALEGRIA ESPIRITUAL

A consolidar nuestra alegría espiritual os invita este domingo. La alegría interior y la paz del alma son señales visibles de la vida cristiana. Ni en horas difíciles podemos dudar de la certeza de la salvación en Cristo en la que descansa nuestra alegría. La oración y la gratitud constante nos mantienen en conciencia de acción de gracias por todo lo que, de parte de Dios, procura nuestra salvación.

El Evangelio de San Juan nos presenta hoy la luz que es Dios. Cuando Juan bautista indica donde está la luz, está diciendo: "Este es Dios". Cristo es el Dios verdadero. "¿Eres tú Elías? ¿eres tú el profeta? ¿el Mesías?". Y Juan Bautista responde: "¡yo no soy!". En cambio, en el mismo Evangelio, ante los que le buscan, Jesús se identifica: ¡Yo soy! Yo soy la luz, yo soy el camino, yo soy el agua en la sed. Son expresiones bellísimas, místicas, evocadoras de lo divino, de aquel "Yo soy" de Dios en el Antiguo testamento. Todo ello afirma una Presencia en medio de la creación que no es creatura, sino creadora; una presencia inconmovible, una presencia ante la cual todo lo demás es negación, por eso Juan Bautista dice: "Yo no soy". ¡Porque nadie es, sólo Él es! Como novio que se pone la corona, o novia que se adorna con sus joyas... la salvación aparece ante los pueblos con un nuevo traje nupcial como un anticipo de la dicha infinita que Dios reserva para quienes le serán fieles hasta el final.

El testigo, que es Juan, sabe apartarse para dar lugar a Dios. Si el centro de la Navidad es Jesús, Él siempre nos dará una respuesta apropiada a la incertidumbre, la luz en la oscuridad y el júbilo frente a la tristeza. Los antiguos consideraban que un pensamiento nuestro era como un hijo, por eso decimos: he tenido una idea. Todo el que piensa está como concibiendo; como una mujer embarazada concibe, el hombre que piensa, concibe. Como una mujer da a luz lo que ha concebido en sus entrañas, el pensamiento da a luz la palabra que nos traerá la voz. No tenemos palabras humanas para describir el misterio de Dios eterno pensado en su Hijo, el Verbo. Pero somos testigos de la luz, testigos de todas las luces para dar esperanza al entristecido, repartir gratuidad en una sociedad violenta, anunciar el Dios oculto en la verdad de las cosas y de las personas.

No es propio de Dios darnos una receta mágica para una sonrisa fingida. La alegría viene de la purificación de nuestro espíritu y de guardarnos de toda forma de maldades. Por ello el gozo de Juan era que Cristo fuese más conocido que él. Juan no era el esperado del pueblo y lo anuncia con una poderosa profesión de fe: "en medio de vosotros hay uno que no conocéis". Estos días, en las celebraciones del trabajo, de las familias... si no reconocemos a Cristo salvador entre nosotros ¿qué celebraremos? No apaguemos la llama del Espíritu Santo. Eso sería ignorar lo que Dios ha hecho y sigue haciendo por nuestra salvación. La causa de nuestra alegría es la espera de la joven Virgen de Nazaret; es su misión y nuestra misión de contagiar el amor de Cristo encarnado en el mundo. Alegría que es como una muralla que preserva lo santo y lo sagrado, lo más genuino de la Navidad: la eterna compañía sin la cual la vida no es vida.

Mn. Pere Montagut, párroco.

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