CRISTO REY, COMO BUEN PASTOR
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CRISTO REY, COMO BUEN PASTOR

Cristo Rey, como Buen Pastor, prepara de diversos modos su rebaño, es decir, a todos aquellos a quienes El debe entregar al Padre "para que Dios lo sea todo para todos" (1 Cor 15, 28). La liturgia eucarística de hoy contiene un emocionante diálogo. Dice el Pastor: "Yo mismo apacentaré mis ovejas, buscaré las ovejas perdidas, curaré a las enfermas; guardaré a las fuertes" (Ez 34, 15-16). Y por su parte responde el rebaño: "El Señor es mi pastor, nada me falta... Me conduce hacia fuentes tranquilas, y repara mis fuerzas; me guía por el sendero justo.. (Sal 22).

Este es el diálogo cotidiano de la Iglesia: el diálogo que tiene lugar entre el Pastor y el rebaño y en este diálogo madura el Reino "preparado desde la creación del mundo" (Mt 25, 24). Sigamos, pues, al gran Rey. Un Rey que nos presenta un Reino donde, la Cruz se convierte en trono de prueba para aquellos que le siguen. Un Reino, donde la corona de espinas, nos recuerda que el amor y el servicio son tarjetas de presentación imprescindibles para entrar a formar parte del grupo de los vasallos de Jesús. Un Reino en el que, la alegría del corazón, tiene prioridad sobre otras sonrisas fingidas, forzadas o compradas por los poderes del mundo.

Cuando Cristo juzga según la ley de su Amor, es legislador y es juez, y apartará a unos para condenar y a otros para salvar. Entonces su palabra se cumplirá y resplandecerá la verdadera justicia que no tiene que ver con los tribunales de aquí: "Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno", y así será: "estos irán al castigo eterno y los justos a la vida eterna". Pero este gran Rey ¡cuánto desea decir un día a todos: "Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino"! ¡Cómo desea reconocer a sus ovejas por las obras de caridad, incluso por una sola de ellas, incluso por el vaso de agua dado en su nombre! (Mc 9, 41) ¡Cómo desea reunir a sus ovejas en un solo redil definitivo, para colocarlas a su derecha y decir: "heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo".

Y, sin embargo, en la misma parábola, Cristo habla de las cabras que se hallarán a la izquierda. Son los que han menospreciado su  Reino. Son los que han rechazado no sólo a Dios, considerando que su reino entra en competición con el dominio del hombre sobre el mundo, sino que han ninguneado también al hombre: no lo han hospedado, no lo han visitado, ni le han dado de comer o de beber.

Este Reino, fruto del amor del Rey crucificado, no tendrá fin. Su Reino se abre camino a través de las barreras de la indiferencia, del egoísmo, de la despreocupación y del odio; avanza a través de los pecados de la concupiscencia de la carne, de los ojos y de la soberbia de la vida. Su Reino no tendrá fin, como decimos en el Credo. Porque Dios es su fundamento. De Dios arranca y hacia Dios va y se realiza en la voluntad de Dios. Todo reino que se funde en el sometimiento no puede persistir. Por eso, el de Cristo, es un Reino eterno, porque su ley es el Amor, porque su Rey vive eternamente. Rey soberano, ¡extiende tu Reino por todas las almas! Rey del universo y Señor de la historia, ¡reinad como remedio de tantos huérfanos y perdidos!

Mn. Pere Montagut, párroco.

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