ESPERAR AL ESPOSO
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ESPERAR AL ESPOSO

Esperar al Esposo, actitud que la parábola de este domingo pone en primer plano, no suele ser algo tan apremiante para nosotros, más bien todo lo contrario. Nos llegan muchas voces, propuestas, reclamos y a menudo no conseguimos discernir correctamente lo primero de lo más secundario. Nos cuesta comprender que la sed de Dios, que esa inquietud interior que poseemos, no descansará hasta el día final. Si miramos a fondo nuestros anhelos vitales veremos que en todos ellos está el deseo de Dios. Pero ese anhelo, que lo mueve todo, puede ser ignorado. Porque es mucho más fácil posponer sus demandas infinitamente mientras respondemos a nuestros intereses.

Claro que nos reflejamos en esas diez vírgenes de la parábola. Se nos dio la vida para vivir con Dios y colaborar en su obra. Y en este tiempo de ahora tenemos la oferta de su comunión amorosa y la oportunidad de entrar en su intimidad. Pero el ejercicio del vivir nos va llenando de trabajos, tensiones y distracciones. Y esa llama prendida en nuestro interior se va apagando por falta de cuidado, por una relación distante, por el pecado, por el ambiente. A nosotros mismos nos da la impresión de que para muchas de nuestras cosas Dios no nos hace falta. Solemos dedicar la mayor parte de nuestro tiempo a todo lo que hemos construido: a los amores, a las ilusiones, a las satisfacciones que nos llenan.

Hasta que un día llega el Esposo. Y nuestra alma, que ha sido creada por Él y para Él, empieza a querer despertar su anhelo profundo. Un anhelo que quizá hemos descubierto en la oración, en alguna experiencia de fe, en momentos especialmente luminosos. Entonces ¿que haremos? Seremos necios si vivimos en la superficie, atendiendo a lo inmediato o mirando a medio plazo. La prudencia, en cambio, será la mejor provisión. Aquellas vírgenes prudentes no dejan que el anhelo de Dios quede para otro día o aparcado ni dejan que sus inspiraciones se apaguen. Ellas han vivido como todas las demás pero han cuidado ese anhelo esencial y tienen aceite de sobra.

La primera lectura nos ha hablado de sabiduría. En la Sagrada Escritura la Sabiduría es Jesús y la encontramos cuando guardamos su Palabra. También el salmo, con su amor apasionado a Dios, se refiere a ella: ¿hay mayor sabiduría que mantener el anhelo de Dios en medio del ritmo de lo que nos toque vivir? San Pablo insta a los de Tesalónica a que no se aflijan como los hombres sin esperanza, y para eso, los anima con la resurrección de Jesús, que vendrá a rescatar a todos los que hayan creído en Él: Y así estaremos siempre con el Señor. ¿Cuándo queremos estar siempre con alguien? Pues cuando le amamos porque no paramos de conocerle aumentando el amor. Queremos estar siempre con alguien cuando recibimos mucho más de lo que esperábamos; cuando nos comprendemos en relación personal, en comunión plena, sin que nos falte nada. ¿Queremos estar así siempre con Cristo? Deseosos de que llegue pronto, consideremos lo efímero de la vida y aficionémonos a su Reinado. No nos hemos quedado fuera. Este banquete es actual y es eterno. Procuremos lo más necesario, el Esposo vendrá y todo gozará.

Mn. Pere Montagut, párroco.

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