PARA RECONOCER A UN SÓLO MAESTRO
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PARA RECONOCER A UN SÓLO MAESTRO

Para reconocer a un sólo Maestro, que enseñe la verdad; a un sólo Padre, que dé la vida; y a un solo Señor, que tenga autoridad para mandar hay que practicar la humillación saludable. Así asimilamos que la verdad es Cristo, y nadie más, que la vida se la debemos a Dios, y a nadie más, que el único que puede exigir nuestra obediencia es Dios, y nadie más. Todos los demás maestros, padres y señores tienen una validez relativa, en tanto en cuanto a través de ellos podamos descubrir y entrar en relación con el único Maestro, Padre y Señor.

     Esta humillación saludable, que no busca sustitutos, es la que el Señor enaltecerá. Por el contrario, enaltecerse a uno mismo lleva a una humillación morbosa que nos instalará en la maldición por la que llegamos a decir lo que no hacemos, deseamos mandar  esquivando el servir, gustamos de que nos vean y piensen bien de nosotros. Aunque esto tenga su verdad natural no podemos llegar a conclusiones falsas. Porque entonces sería mejor que los que tienen una responsabilidad visible frente a los demás estuvieran escondidos, mejor sería que los que tendrían algo que decir a otros no dijesen nada porque ellos quizá cumplen menos, o mejor sería no dar órdenes a nadie ya que luego no somos capaces de obedecer. La palabra del Señor no pretende encerrarnos en nuestro pecado sin dejarnos salida alguna. Esta forma de pensar es la que está en el fondo de todos nuestros miedos, está en el fondo de todas esas humildades que lo que hacen es encerrar la fe cada vez más en una pura intimidad insignificante. No sólo no quiere el Señor que ambicionemos los lugares de preeminencia, sino que nos manda tener tendencia a lo contrario. Es la única manera de refrenar este el afán de protagonismo casi natural en nosotros. Como al caballo se le tira de las riendas para que no se desboque, así hemos de hacerlo con las fuerzas bajas de nuestra vida.

     Jesús nos da una clave fundamental: hay que saber distinguir las palabras y las obras. Con referencia al proceder hipócrita de los fariseos nos dice: "Haced todo lo que os digan, pero no imitéis sus obras, porque dicen una cosa y hacen otra" (Mt 23,3). Es decir: las obras malas no implican palabras falsas. Para la mayoría de nosotros el criterio es que si alguien nos dice palabras ciertas y luego realiza obras malas eso desacredita las palabras pronunciadas aunque éstas hayan sido buenas. Jesús nos dice que entre nosotros eso no vale. Alguien quizá está llevando una mala vida y, sin embargo, puede decirnos una palabra que aproveche a nuestro vivir. En una sociedad donde se miran los títulos, los cargos y las riquezas, también espirituales, estar privado de estas cosas significaría estar privado de personalidad, lo que supondría no sólo una pérdida de papel social, sino también de autoestima. Cuando se considera que los grandes deben ser tratados como grandes, la Iglesia nos enseña a servir desde la firmeza del Evangelio y a no asistir como simples y cómodos espectadores en un mundo en el que se aplaude y se valora el camino más fácil.

Mn. Pere Montagut, párroco.

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