EL CENTRO DE LA EVANGELIZACIÓN
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EL CENTRO DE LA EVANGELIZACIÓN

El centro de la evangelización y su contenido esencial es el nombre, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios. Hoy queremos tener ante nuestra conciencia orante el basto horizonte de la misión de la Iglesia de la que depende el vigor de la fe de millones de personas y su presencia activa como católicos en el mundo. De esta propagación de la fe derivarán luego los comportamientos capaces de orientar y definir nuestra vida como cristiana constituyendo una humanidad nueva por la conversión de la conciencia individual y social.

Jesús realiza una pregunta muy sencilla que todo judío sabía. Una moneda pagana no se podía poner en las ofrendas del templo. En cambio, los herodianos, aliados de los romanos, no hacían ningún problema en pagar el tributo al César y aceptar el uso de la moneda imperial que llevaba acuñado el rostro del emperador como “divino César”. Los cambistas solucionaban esta controversia de monedas. Pero tanto fariseos como herodianos, tan diversos, se unen en su odio común al Señor Jesús y planean juntos eliminarlo preguntándole si es lícito o no pagar el impuesto al César. Muchos judíos no aceptaban que un rey gobernante o emperador extranjero pudiera ser reconocido y adorado como una divinidad, por ello no se creían moralmente obligados a pagar el tributo al César. La enseñanza del Señor es que Dios es el dueño de toda la tierra y de todos los pueblos; nadie puede discutir su soberanía. El Señor es soberano de la historia y dispone de los reinos, y, por eso, llama y unge a Ciro –un emperador extranjero que ni conoce ni honra a Dios– para que cumpla sus planes, liberando al pueblo de Israel de la cautividad de Babilonia.

Ni el dinero ni el César han de ser considerados “dioses” ni las ideas se pueden divinizar. De ahí nacen los fanatismos que padecemos. Dios es el único Dios. A Pedro y los apóstoles las autoridades les mandarán no difundir la buena noticia de Cristo. Pues desde entonces no faltan misioneros dignos testigos del Dios vivo. ¡Cuántos cristianos han dado su vida, a lo largo de los siglos, por no querer “adorar al César”, por no aceptar como Dios a un hombre, por no someter la libertad recibida como hijos de Dios!  Por ello, la autoridad política procura dominar la religión en beneficio propio y los pastores de la Iglesia escandalizan a los fieles cuando entran en luchas u opciones políticas.

Ambicionemos la libertad de los misioneros, hermanos de todos, en medio de un universo creado por Dios demasiado pequeño. Ambicionemos la patria de los misioneros que es toda tierra en la que pueda ser sembrada la Palabra de Dios. Menudo regalo el de los verdaderos misioneros ya sea en el desierto de las ciudades opulentas o entre pueblos empobrecidos. Necesitamos misioneros que abran los corazones para que Dios se manifieste plenamente en Cristo, que es su verdad, la única que nos hace libres.

Mn. Pere Montagut, párroco.

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