DIOS LLAMA
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DIOS LLAMA

Dios llama de muchas formas y a través de situaciones distintas. Hoy el Evangelio nos dice: "¡Venid a la boda!"; el salmo: "preparas una mesa ante mí"; Isaías: "preparará el Señor un festín de manjares"; y la liturgia: "¡dichosos los invitados!". Nos llama, pues, a la comunión con su Hijo, a tener una relación cercana con Él, nos llama a ser de Jesucristo, a pasar de las tinieblas a su luz admirable.

Aceptada la llamada de Dios ya no podemos vivir cada uno a su aire. La imagen poderosa del banquete habla por si misma: Dios piensa que vamos a responder a su invitación. Pero la confianza total y primera por parte de Dios no siempre recibe nuestra confirmación. Nuestra desconfianza lo retuerce todo. Para unos, el banquete es poca cosa, creen que merecen más. Para otros, hay cosas más interesantes, o simplemente, ponen excusas, o incluso reaccionan violentamente ante los mensajeros. Entonces la ira del rey provoca otra invitación, ya no limitada, sino dirigida a todos los que se encuentren por los caminos. Queda claro que el rey invitador, muy paciente, ante nuestra tardanza y menosprecio puede retirarnos el honor de ser invitados.

Pero una vez hemos respondido hay que tomárselo en serio y prepararse bien: hay que responder con lo mejor, no nos presentaremos ante él de cualquier forma. El anfitrión facilitaba el vestido a los invitados para que estuvieran siempre presentables. Pero hay uno que asiste sin el vestido propio para estar en unas nupcias. Parece que este invitado rechaza la ropa y las atenciones ofrecidas por el rey. No solo tenemos la responsabilidad de responder sino la de ser escogidos para recibir el obsequio y la dignidad de la gracia. El hecho de que uno solo rechace la ropa que se le ha ofrecido, perturba la felicidad de todos los invitados y entristece al rey.

El banquete lleno de comensales, buenos y malos, es imagen de la Iglesia y de lo que ahora celebramos. Estamos bajo la gratuidad absoluta de la llamada y, aunque seamos inmerecidamente invitados después de la indignidad de los primeros, hay que mostrar la mejor disposición y cumplir las condiciones. El virtuoso engreído es el único que no entiende. Contesta callando y es el único que no puede estar en la mesa. A la hora de rezar o de trabajar, al confesar los pecados o comulgar, a la hora de perdonar, de cuidar del hogar o de hacer apostolado, a la hora de vivir nuestra vocación o de asumir dificultades... escuchemos: Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados (Col 3,12-14). Para ser aceptados como Dios quiere vistámonos de Jesucristo. El Espíritu Santo nos convencerá para una tarea tan seria y delicada como esta.

Mn. Pere Montagut, párroco.

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