TU ERES NUESTRA SALVACIÓN Y NUESTRA GLORIA PARA SIEMPRE.
CAT  ESP
TU ERES NUESTRA SALVACIÓN Y NUESTRA GLORIA PARA SIEMPRE.

Devuélveme la alegría de tu salvación. Inauguramos hoy, con esta celebración eucarística del miércoles de ceniza, el tiempo cuaresmal que nos dispondrá a tener una virtud más generosa para acoger las victorias del Señor con nosotros, las victorias del Señor en nosotros. Y recuperar el gozo interior significa ante todo no decirnos: "¿y qué puedo hacer estos días?" Esto apuntaría al fracaso para caer, una vez más, en las prácticas que no sabemos muy bien a que responden. Mejor interrogarnos sobre cómo está el vigor vital de mi vocación cristiana y después, eso sí, tomar las armas que nos da Dios mismo para implicarnos, con cambios y propósitos, en los combates de la fe pascual que profesamos. La Cuaresma nos hace entender la solidez del don de Dios que no se echa atrás, es un tiempo para dedicarnos a armonizar mejor la divinidad que nos habita y la humanidad que nos hace ser. Poseemos, pues, la vida gloriosa del Señor y, con ella, nos dedicamos a conseguir victorias de gracia, procuramos instaurar el triunfo de Cristo al que vivimos incorporados en vida nueva. Conservar esta vida sin mancha hasta la vida eterna es un verdadero combate en el que se refleja el misterio de la Cruz que no nos ahorra sufrimientos.

¿Y qué deberíamos conseguir? Mirar ante todo lo que contiene ahora mi vida en cuanto a expectativas, heridas, cobardías, dudas, retos o decisiones a tomar... y ver como todo, todo puede ser y debe ser, una respuesta al Señor. Si no se entiende así entonces mi situación vital sólo está respondiendo ante mi propio espejo y eso sí que es uno de los infiernos nunca suficientemente reconocido ni confesado. La gracia de Dios, recibida en abundancia, nos debe encontrar a punto, despiertos, receptivos a tantas inspiraciones del Espíritu Santo que, Él sí, que nos dice lo que tenemos que hacer. No nos excusamos en la dejadez espiritual en la que muchos ya se han instalado. La tensión que viviremos a nivel social será cada vez más brutal en cuanto al contraste de costumbres, opiniones, estilos de vida... pero hemos de decirnos a nosotros mismos que no vivimos de opiniones sobre la fe o sobre la Iglesia como una manera de autojustificarnos.

Vivimos de Cristo y vamos obedeciendo su Palabra que nos lleva a convertirnos y creer, es decir, a cambiar hábitos, vicios, imperfecciones, pecados por la alegría de la salvación. Y todo esto, no por no tener nunca más ningún vicio o pecado sino para probar de cerca el poder de Cristo, la magnificencia de su abrazo, el cielo abierto de su amor infinito... Un joven enfermo de médula ósea, y muerto estos días en la fe de la Iglesia, lo decía así: "la muerte forma parte de la vida, por lo que no hay que temerla, sino amarla". Esto se puede decir cuando, por la vida que nos regalan los sacramentos, nuestros días son una espera donde nada molesta, ni la muerte, porque lo que creemos que sucedió en el sepulcro de Cristo ocurrirá también en el nuestro. Cuando el Señor habla de los hipócritas dice, en presente, que "ya tienen la recompensa" en cambio, los que obrarán en el secreto del Padre dice, en futuro, que se les "recompensará". La ceniza, nos habla de ese futuro en el que hasta el polvo de las tumbas lo adorarán.

 Mn. Pere Montagut, párroco.

Recibe todas nuestras novedades en tu correo electrónico Suscríbete