SER REGALADOS A DIOS.
CAT  ESP
SER REGALADOS A DIOS.
El ritual de la consagración de los primogénitos era en agradecimiento a Dios que sacó al pueblo de la esclavitud; los primogénitos eran ofrecidos, regalados, dados a Dios, aunque luego eran “rescatados”. Hoy nos interesa captar el sentido que en la vida de Jesús pudo tener este acontecimiento, para saber el que debe tener también en nuestra vida cristiana. Ante todo hay una realidad que no queremos pasar por alto: Jesús se hizo hombre con todas las consecuencias, incluida la de pasar por las prescripciones legales del pueblo en cuyo seno nació. Se hace uno de nosotros, no una apariencia de hombre. Aprovechemos, pues, este momento de la vida de Jesús: ser ofrecido a Dios, ser regalado, dado a Dios.

Ser regalado a Dios no es sólo un acto de piedad; es aceptar ser suyo, no sólo como objeto de “su” propiedad, sino como fuerza vital puesta a su servicio. Ser dado a Dios es no aceptar en la propia vida otro dios ni otro reinado que no sea el del Dios verdadero. Ser regalado a Dios es, en fin, convertirse en regalo de Dios para los demás, pues Dios no busca “coleccionar personas” a su servicio, sino enviar a quienes se ponen en sus manos, para que sirvan en su Nombre. Muchos se han presentado a Dios, se han ofrecido a El, se han regalado a El (la vida consagrada como vocación específica en la Iglesia). Pero muchos otros, en cambio, se han ofrecido a otros dioses: al Dios dinero, al de la ciencia, belleza, trabajo, amor... Hay, en fin, tantos dioses ante los que se presentan los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Pero hoy, la imagen de Jesús niño en brazos de su madre y presentado al Dios que prometió estar siempre junto a su pueblo y que cumplió sus promesas, nos hace entrar más profundamente en el Misterio.

Somos contemporáneos de aquellos Simeón y Ana que tienen la edad inconcebible de la esperanza que no se marchita. Dos ancianos que esperan a un Niño y se disponen a morir contentos porque sólo cuando el Niño llega tiene sentido la muerte de ellos, es decir, la verdadera Vida. La "luz" que llega al templo ya tiene un destino universal. Israel, representado por el anciano Simeón, puede "morir" como institución religiosa, pues ha llegado el tiempo nuevo de la salvación para todas las naciones, sin distinción alguna. Una salvación que no se realizará sin luchas y oposición. Israel deberá abrir su luz a todos los pueblos de la tierra. El amor de Dios por todos y cada uno de los hombres no es un amor puramente sentimental, no es sólo ternura y expresión de sentimiento, sino también exigencia y renuncia. El amor de Dios no es paternalista, sino que es, sobre todo, liberador: hace personas libres.

Ana no cesa de hablar de Jesús a todos los que esperaban al Mesías. Está claro: solamente se puede hablar del Mesías a los que esperan algo en la vida, a los insatisfechos, a los oprimidos por tantos dioses... y no a los que ya se creen liberados y hartos. La Iglesia, que celebra gozosa esta fiesta, nos llama a presentar a Jesús a los demás, como María y José. El sufrimiento y el dolor de María, con su corazón traspasado, sabrá esperar hasta que llegue la hora del sacrificio del Calvario, en el que ya no habrá ninguna sustitución. Él será la salvación, la luz y paz definitivas.

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