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La Veu de la Parròquia
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La Veu de la Parròquia

Época 2/Núm. 463. DOMINGO IiI DEL TIEMPO ORDINARIO. 26 de enero de 2020

 

Un sacerdote de una basílica acudió a la celda de un anacoreta para celebrar la Eucaristía y darle la comunión. Vino luego uno a visitar al ermitaño y le habló mal de aquel sacerdote. El eremita se escandalizó y cuando, según costumbre, vino para celebrar la eucaristía no le quiso recibir. Al ver esto el sacerdote se marchó. Entonces el anacoreta oyó una voz que le decía: «Los hombres se han adueñado de mi facultad de juzgar». Y en un rapto vio un pozo de oro y un cubo de oro y una cuerda también de oro y el pozo contenía un agua estupenda. Vio también un leproso que sacaba agua y la echaba en un vaso. El anciano deseaba beber, pero no podía porque el que sacaba el agua era un leproso y no se atrevía. Oyó de nuevo la voz que le decía: «¿Por qué no bebes de esa agua? ¿Qué importa que la saque un leproso? Él solamente llena el cubo y lo vacía en el vaso». Volvió en sí el eremita, reflexionó sobre el significado de esta visión, llamó al sacerdote y le pidió que celebrase la eucaristía como hasta entonces. Un anciano dijo: «No juzgues al impuro si eres casto, porque al hacerlo, tú también pisoteas la ley. Porque el que dijo: "No fornicarás", dijo también: "No juzgarás"».No desprecies ni condenes a nadie y Dios te dará la paz, y tu vida en la celda será tranquila». (De los Padres del desierto).

 

SI DIOS NO EXISTE, TODO ESTÁ PERMITIDO. Toda agresión sexual es objetivamente mala, y eso es cierto aun si no existe empatía en el agresor o el contexto cultural que inserte esa idea en su mente. Incluso si no podemos condenar al responsable por incapacidad mental, nadie le diría a la víctima que lo sufrido fue solo mala suerte. Violar a una persona es un mal moral siempre. Es esa objetividad la que distingue a la moral de una mera sugerencia. Es el carácter universal y absoluto de las normas éticas la que las diferencia de una preferencia cultural. O, lo que es lo mismo, es su carácter obligatorio lo que exige reconocer la existencia de un divino legislador. Si un ateo me quiere replicar que no es así, que la moral no es obligatoria, está bien. Es una posición razonable, sobre todo considerando que el universo visible tiene al menos 93.000 millones de años luz de ancho, ha existido por 13.500 millones de años y seguirá expandiéndose por muchísimos millones de años más hasta acabar en un frío absoluto. En ese contexto ¿A quién podría importarle el Holocausto? ¿el exterminio Armenio? ¿o los miles de delitos que se cometen día a día? Todo está permitido… si no hay un divino legislador.

Solo nos resta por explicar, si queremos, cómo fue que nuestra especie se metió en esta ilusión colectiva que llamamos ética. Si queremos, porque saberlo tampoco hará ninguna diferencia. Esa respuesta, si bien es coherente hasta cierto punto, no es nada de obvia ni intuitiva para el 99% de la humanidad. Si el resto de nosotros no estamos locos, si nuestra indignación moral ante el genocidio, el abuso infantil, o la destrucción del planeta corresponde a algo real, hay algo que decir acerca de Dios. Si la ética va más allá de mis instintos o de la comunidad que me educó, debo reconocer que existe una relación relevante capaz de obligarme, que no es biológica ni social, sino espiritual. Y si esa realidad espiritual se interesa en mi conducta, por definición debe ser una entidad personal, no una mera fuerza o principio. Y si sus dictados son absolutos, válidos en todo tiempo y lugar, esa clase de mandatos solo pueden provenir de un ser absoluto, eterno e infinito. Si hay algo que nos esté prohibido no solo porque es inconveniente aquí y ahora, sino porque es malo siempre y en todo lugar, Dios existe.

 

Y LAS TINIEBLAS NO LO COMPRENDIERON. Hoy en día somos testigos de la importancia que tienen la sombras. Nos prometieron que la era de las comunicaciones nos haría más sabios, pero más bien nos ha convertido en seres más confusos. Las medias verdades y las certeras mentiras se mezclan con la realidad informativa del día a día. La saturación de información crea sombras dentro de nosotros. Como dice San Agustín, cuando no somos conscientes de la presencia de la Luz (Cristo) en todos y en todo, nos convertimos en insensatos. Yo añadiría que nuestra soberbia nos lleva a pelearnos por imponernos unos a otros la ceguera que nos hace sentir más cómodos. No es que Cristo esté lejos de nosotros, sino que nosotros vivimos ausentes de Cristo.

Vivimos una triste y dolorosa crisis eclesial. Los fieles vamos alejándonos de las comunidades porque realmente no son comunidades. Cristo no está presente en ellas porque no nos re-unimos en Nombre de Él. Nos reunimos en torno a estéticas, formas sociales o shows. La comunidad necesita de vida en común. Una vida sencilla y al mismo tiempo sustancial. Esta vida común presenta muchos problemas actualmente. Nos ciegan los fanatismos y las ideologías. Las estéticas nos impiden conversar afablemente entre nosotros. Muchas veces buscamos ganar prestigio y relevancia, atacando y maltratando a nuestros hermanos. Con el tiempo, la comunicación se reduce hasta desaparecer. Cuando la comunicación se agota, nos alejamos unos de otros. Cuando vivimos lejos, las heridas nos hacen desconfiar de volver a acercarnos de nuevo.

No es más valiente y mejor cristiano, quien camina por la vida espada en mano. Tener una espada en la mano evidencia debilidad y soberbia. Es evidente que no conseguimos comprender la Luz y preferimos escondernos en las sombras. Es más valiente quien no duda en comunicar y escuchar. Es mejor cristiano quien sigue a Cristo, no quien guarda mejor las costumbres previas o las modas del momento. No traicionemos a Cristo a cambio de ser bien vistos por la postmodernidad que vivimos. Cristo es la Roca sobre la que edificar la vida. Puede parecernos más inteligente agarrarnos a los flotadores de colores que se mueven según las corrientes de moda, pero los flotadores vuelcan, se pinchan y se hunden. Los flotadores chocan y se destrozan unos a otros. Intentemos ser uno, como el Padre y Cristo son uno.

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