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La Veu de la Parròquia
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La Veu de la Parròquia

Época 2/Núm. 424. EL BAUTISMO DEL SEÑOR. 13 de enero de 2019

 

No sabemos qué sucederá durante los próximos doce meses: alegrías grandes y pequeñas o sufrimientos también grandes y pequeños, comedias o tragedias… Muchos se encontrarán agobiados por la crisis que sufre la Iglesia, que ciertamente es muy grave; algunos tendrán problemas, miedos o sufrimientos personales y, otros, distintas esperanzas puestas en el año que nace. En 2019 nacerán niños, se celebrarán matrimonios y, casi con toda seguridad, algunos morirán. Lo que sabemos de cierto es que, ocurra lo que ocurra, el año es del Señor y está en sus manos, no en las nuestras. ¿Vienen alegrías, triunfos, nacimientos y celebraciones? Bendito sea el Señor. ¿Vienen lágrimas, tragedias, fracasos, muertes y duelos? Bendito sea el Señor. En la vida y en la muerte, somos del Señor. Es su año: que Él haga lo que quiera con nosotros, porque sabemos que todo sucede para el bien de los que aman a Dios. Para este año, que es de Cristo y no nuestro, sea nuestro lema el de la misma Madre de Dios: hágase en mí según tu palabra. O el de Santa Maravillas de Jesús: lo que Dios quiera, como Dios quiera, cuando Dios quiera. O el de San Ignacio: todo para mayor gloria de Dios.

 

LA FELICICDAD ES DIOS. Encomendemos nuestra salvación a las manos del Padre. Confiemos en Él. Muchas veces nos pasan calamidades que van contra nuestra voluntad. Pero si es Su Voluntad, Él sabrá sacar bien de todo lo que nos pueda pasar. Él puede sacar salud de la enfermedad, bien del mal, vida eterna de la muerte. Dice San Agustín: “Dios cumple sus voluntades tan benéficas a través de las voluntades malas de los hombres malos (…) En nuestra vida nada procede del azar (…) Todo lo que llega contra nuestra voluntad no puede venir más que de la voluntad de Dios, de su Providencia, del orden que ha establecido, del consentimiento que da y de las leyes que ha fijado.” Si Dios quiere que me desprecien, bendito sea Dios. Si Dios quiere que sufra, bendito sea Dios. Si Dios me quiere enfermo, bendito sea Dios. Si Dios quiere que me insulten o que me persigan, bendito sea Dios. La felicidad consiste en aceptar siempre la voluntad de Dios: sea la que sea; aunque esa Voluntad no me guste. También Cristo pidió que, si pudiera ser, pasara de él el cáliz del sufrimiento y de la cruz. Pero dijo: no se haga mi voluntad, sino la Tuya. El Corazón de Jesús es un Corazón rodeado de espinas; un Corazón roto por el dolor y por la ingratitud; pero es el Corazón de donde brota el Amor que nos salva. ¿Y no vamos a querer sufrir nosotros? A nosotros nos gustan los aplausos, los halagos; y no nos gusta la cruz. No nos gusta el sufrimiento, no nos gusta el dolor, no nos gusta la muerte. Pero sin sufrimiento no hay salvación. Nosotros gemimos y lloramos en este valle de lágrimas. Pero nuestra patria verdadera es el Cielo y la puerta del Cielo es la puerta estrecha. Por la puerta ancha se llega al Infierno. El camino de la perdición es un camino fácil. El de la salvación es una cuesta empinada y penosa. Pero si Cristo está con nosotros, ¿qué importa todo lo demás? Todo lo estimo en nada al lado de Cristo. Sólo Dios basta. La felicidad es Cristo. Quien tiene a Cristo lo tiene todo, aunque todo le falte. Si queréis ser felices, convertíos a Cristo. Creed en Él, confiad en Él. Dejad vuestra vida en sus manos. Y dejad que su Corazón sea vuestro corazón para que podáis amar como solo Él sabe y puede amar. Solo el Amor de Dios puede llenar vuestra vida de felicidad. Así nos deseamos un año lleno de felicidad, lleno de Cristo. ¿Queréis ser felices? Vivid en gracia de Dios y sed santos. No cuesta nada: todo lo hace Él, todo depende de Él. Preguntadle: ¿Qué mandáis hacer de mí, Señor? Y hágase su Voluntad. Nada sin Dios.

 

NO SOMOS UNA SIMPLE MASA DE INDIVIDUOS. La sociedad nace con la diferencia sexual y con la procreación. Y la razón es la siguiente: dos individuos no diferenciados sexualmente suman sus dos individualidades según sus deseos. Sin embargo, en la diferencia sexual hay una realidad indisponible que va más allá de los deseos individuales. Se trata de la complementariedad sexual –que da origen a la “socialidad” como riqueza de patrimonio de humanidad– y de la procreación, que da origen a la sociedad y la enriquece con el don de los hijos. De ahí la malicia de la anticoncepción que reduce la unión conyugal a los simples deseos de los cónyuges y que fue rechazada por San Pablo VI en la Encíclica Humanae vitae, cuyo cincuentenario estamos celebrando. Negar la diferencia sexual y la importancia del matrimonio y de la familia, es optar por una sociedad atomizada, de simples individuos.  Ésta, por carecer de los vínculos naturales, propicia la soledad y el desamparo de las personas, especialmente de la vida naciente, de los más débiles, enfermos o en la etapa final de la vida. Desgraciadamente España, después de un largo proceso secularizador que está rompiendo los vínculos con Dios, con la tradición católica, con la familia y con el propio cuerpo, ofrece en estos momentos un panorama que no garantiza el bien común de la sociedad. Tampoco provee la protección de las personas en el campo específicamente humano que es el amor paterno - filial y el amor entre hermanos propio de la familia, como célula primera de la sociedad. Han cristalizado unas leyes que no custodian ni la vida naciente ni la terminal, que no favorecen desde el derecho la realidad matrimonial entre un varón y una mujer, el bien social de la familia amplia, ni la libertad de los padres para la educación de sus hijos. Frente a esta situación las familias cristianas están llamadas a ser una unidad de resistencia y se han de organizar como minorías creativas donde florezca la cultura de la vida y la civilización del amor. La respuesta a una sociedad cada vez más violenta, incluida la violencia doméstica y la violencia a la mujer, no está en el debilitamiento de la familia, ni menos todavía en el propiciado multiculturalismo. La respuesta está en ver la realidad con los ojos de Dios. Asimismo, hay que recordar que es la gracia redentora de Jesucristo la que restaura los corazones y los cura de la inclinación al mal. De esta manera la familia llega a ser “la verdadera ecología humana” (Cf. Encíclicas Laudato Si’ y Centessimus Annus, 38) y una auténtica escuela de la fe. (Antonio Reig Pla, Obispo de Alcalá de Henares).

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