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La Veu de la Parròquia
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Época 2/Núm. 93. INMACULADA CONCEPCIÓN. 8 de DICIEMBRE de 2019

¡Oh Dios de verdad, dadme luz para asentar en mi corazón este conocimiento y aprecio tan necesario para lograr el tiempo de mi peregrinación! Considera que, viéndose María Santísima en aquel primer instante tan privilegiada, prevenida y enriquecida con tanta gracia de Dios, desde entonces se convirtió toda a su liberal Bienhechor y se puso en alta contemplación de aquel soberano Ser; y de esta manera fue prosiguiendo toda su vida, aprovechando y aumentando los talentos recibidos, para gloria de quien se los dio. Así dio la Virgen santísima grande ejemplo a todos de corresponder a la gracia, el cual debes tú considerar e imitar. ¡Oh cuánto te debes humillar en esta parte que por tanto tiempo has despreciado tantos dones y gracias de Dios, así del cuerpo, como del alma, tanto naturales, como sobrenaturales! Clara prueba tienes de esto en lo poco que has medrado en el camino de la virtud en tantos años. ¡Oh cuán adelantado te hallarías en el espíritu, y cuán lleno de méritos, si hubieses tenido presente y seguido este ejemplar de fervor espiritual! Resuélvete ahora con eficacia a imitar a esta tu buena Madre; ruégala que te alcance de su Hijo los auxilios correspondientes a tu flaqueza, para empezar de veras y perseverar hasta la muerte.

 

LA INMACULADA. La Virgen es adviento del Hijo de Dios. En 1854 el Papa Pio IX quiso definir como dogma de fe que la Virgen fue concebida sin pecado original. Nació sin pecado gracias a Jesús. En previsión de los méritos que iba a alcanzar su Hijo, Jesús, Ella se vio libre del pecado. En el libro del Génesis, que leeremos en la fiesta como primera lectura (3, 9-15.20), vemos como Dios anuncia ya algo de este privilegio. El Señor le dice a la serpiente: pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza cuando tú intentes herirla en el talón. Por eso a la Virgen Inmaculada se la suele representar con la serpiente a sus pies. Porque María no tuvo parte con el demonio y, gracias a su humildad, pisó la cabeza del soberbio Satanás. Gracias a su humildad venció. Por eso el título con la que se llama a sí misma es “esclava del Señor” y precisamente por eso Dios la llenó de gracias. Muchos cristianos durante siglos ya creían en este privilegio de la Virgen.

 

OREMOS A MARÍA INMACULADA. Señora, Santa María, tú eres la mujer de la que el Génesis anunciaba que pisaría la cabeza de la serpiente. Tú eres la Hija de Sión, a quien los profetas invitaron a exultar de alegría porque el Señor te habitaba. Tú eres la novia, a quien el salmista canta y anima a engalanarse porque el Rey se ha enamorado de ella. Tú eres la esposa del Cantar de los Cantares, la amada a la que corteja Dios y la lleva al huerto cerrado, a la viña en flor. Tú eres el reflejo de la sabiduría divina, el diseño perfecto de su proyecto de divinizar a la humanidad. Tú eres la joven a la que el Ángel Gabriel llama repleta de gracia, amada de Dios. Santa María, Madre Inmaculada, ruega por nosotros.

 

LA VOZ DEL PAPA. “La Virgen, por singular privilegio, ha sido preservada del pecado original desde su concepción. Aunque vivía en el mundo marcado por el pecado, no fue tocada por él: María es nuestra hermana en el sufrimiento, pero no en el mal ni en el pecado. Es más, el mal en ella fue derrotado antes aún de rozarla, porque Dios la ha llenado de gracia (cf. Lc 1, 28). La Inmaculada Concepción significa que María es la primera salvada por la infinita misericordia del Padre, como primicia de la salvación que Dios quiere donar a cada hombre y mujer, en Cristo. Por esto la Inmaculada se ha convertido en icono sublime de la misericordia divina que ha vencido el pecado. Y nosotros, hoy, queremos mirar a este icono con amor confiado y contemplarla en todo su esplendor, imitándola en la fe.

En la concepción inmaculada de María estamos invitados a reconocer la aurora del mundo nuevo, transformado por la obra salvadora del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. La aurora de la nueva creación realizada por la divina misericordia. Por esto la Virgen María, nunca contagiada por el pecado, está siempre llena de Dios, es madre de una humanidad nueva. Es madre del mundo recreado. Celebrar esta fiesta comporta dos cosas. La primera: acoger plenamente a Dios y su gracia misericordiosa en nuestra vida. La segunda: convertirse a su vez en artífices de misericordia a través de un camino evangélico. La fiesta de la Inmaculada deviene la fiesta de todos nosotros si, con nuestros “sí” cotidianos, somos capaces de vencer nuestro egoísmo y hacer más feliz la vida de nuestros hermanos, de donarles esperanza, secando alguna lágrima y dándoles un poco de alegría. A imitación de María, estamos llamados a convertirnos en portadores de Cristo y testigos de su amor, mirando en primer lugar a los que son privilegiados a los ojos de Jesús. Son quienes Él mismo nos indicó: “Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme” (Mt 25, 35-36).

La fiesta de hoy de la Inmaculada Concepción tiene un específico mensaje que comunicarnos: nos recuerda que en nuestra vida todo es un don, todo es misericordia. Que la Virgen Santa, primicia de los salvados, modelo de la Iglesia, esposa santa e inmaculada, amada por el Señor, nos ayude a redescubrir cada vez más la misericordia divina como distintivo del cristiano. No se puede entender que un verdadero cristiano no sea misericordioso, como no se puede entender a Dios sin su misericordia. Esa es la palabra-síntesis del Evangelio: misericordia. Es el rasgo fundamental del rostro de Cristo: ese rostro que nosotros reconocemos en los diversos aspectos de su existencia: cuando va al encuentro de todos, cuando sana a los enfermos, cuando se sienta en la mesa con los pecadores, y sobre todo cuando, clavado en la cruz, perdona; allí nosotros vemos el rostro de la misericordia divina. No tengamos miedo: dejémonos abrazar por la misericordia de Dios que nos espera y perdona todo. Nada es más dulce que su misericordia. Dejémonos acariciar por Dios; es tan bueno el Señor, y perdona todo”. Papa Francisco. Ángelus 8 de diciembre de 2015.

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