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La Veu de la Parròquia
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La Veu de la Parròquia

Época 2/Núm. 91. Domingo de Pascua. 21 de abril de 2019

Nuestro Señor Jesucristo se levanta gloriosamente del sepulcro. Es el milagro más estupendo y grande de nuestra fe. Jesús había resucitado a muchos, pero ahora se resucita a sí mismo. ¿Quién sino sólo Dios puede hacer esto? La Resurrección de Cristo es el símbolo y el fundamento, la garantía de nuestra resurrección, gloria e inmortalidad: “pues si no hay resurrección de muertos, como dicen ellos, tampoco resucitó Cristo. Mas si Cristo no resucitó, luego vana es vuestra fe… pues todavía estáis en vuestros pecados” (1 Cor. 15, 13-15). Nosotros, sí moriremos, puesto que “está decretado a los hombres el morir” (Hebreos 9, 27) pero podemos llenos de fe y esperanza mirar a la muerte, ya destruida, repitiendo la palabras victoriosas de San Pablo: “La muerte ha sido absorbida por una victoria.  ¿Dónde está ¡oh muerte! tu victoria?  ¿Dónde está ¡oh muerte! tu aguijón?” (1 Cor 15, 54-57). La Resurrección de Cristo nos asegura la paz. Lo primero que pronunció Él al salir del sepulcro fue: “Pax vobis”. Nos asegura el cielo, el triunfo sobre nuestras pasiones, ya que Él nos dice: “No temáis, yo he vencido al mundo”; y la garantía de la Divinidad de Jesús y de la Iglesia. Al meditar este misterio debemos traer a la memoria el día glorioso de nuestra resurrección triunfante.

 

NUESTRO ACOMPAÑANTE MISTERIOSO

 

El de Emaús (Lc 24, 13-35) es, sin duda, uno de los relatos más sugestivos que nos ofrece el Evangelio para este periodo de Pascua que inauguramos hoy. Como aquellos dos discípulos de Emaús puede que también hoy andemos desencantados y tristes. Y si aquel misterioso compañero de viaje nos preguntase de qué vamos hablando, le podríamos explicar al detalle cómo nuestras incoherencias parece que no tienen remedio, que nuestra edad media aumenta con rapidez, que la sociedad parece prescindir de nosotros, arreglarse sola, considerar de hecho los planteamientos religiosos como un residuo del pasado, interesante tal vez para arqueólogos y nostálgicos, y poco más, cuando no un cáncer maligno a extirpar sin compasión. Le contaríamos cómo esta situación está minando nuestras vidas sumergiéndonos en el pesimismo. Pero, después de escucharnos con atención, nuestro amigo misterioso volvería a repetir: “Qué torpes sois y qué lentos para creer lo que anunciaron los profetas” (Lc 24, 25). Y se pondría a enseñarnos de nuevo unas cuantas verdades que tendríamos que conocer de memoria desde que nacimos a la vida cristiana por el bautismo para vivir el Evangelio y que, sin embargo, tendemos a dejar de lado por completo. 

Nos diría, por ejemplo, que tal vez cuando más fuertes parecíamos ser era, precisamente, cuando menos confiábamos en Dios. Que el éxito, la grandiosidad y la fama han trastocado nuestros criterios de evaluación. Que habíamos olvidado del todo aquellas preciosas palabras del Evangelio que nos recuerdan que “separados de Mí no podéis hacer nada” (Jn 15, 5). Nuestro misterioso compañero de camino seguramente nos sorprendería con una interpretación de lo que nos está sucediendo muy diferente de la que nosotros mismos nos damos, muchas veces solo en nuestro fuero interno, porque no nos atrevemos a ser tan pesimistas en público. Volvería a llamarnos a la cara “hombres de poca fe”. Nos diría que ahora que somos menos y mayores, ahora es precisamente el momento propicio para abandonarnos en las manos de Dios y convertirnos en instrumentos gratuitos de su gracia transformadora y totalizante. Nos diría que solo hay resurrección donde previamente se ha producido una muerte, que a la tierra prometida solo se llega después de atravesar el mar Rojo y vagar durante largos años por un desierto árido y agotador a más no poder. Sostendría que un éxito social permanente no pocas veces resulta incompatible con la fidelidad al Evangelio.

Nos convencería de que nuestro fracaso es tan solo aparente, que solo es tal porque lo analizamos de tejas para abajo, con nuestras miradas contaminadas de consumo y apariencia. Pero que, vistas a la luz de la fe, tal vez las cosas adquirieran un color muy distinto. Nos animaría a robustecer de nuevo nuestra fe vacilante, nuestra esperanza mortecina y nuestro titubeante amor fraterno y servicial. Y poco a poco sentiríamos cómo nuestros corazones, hasta ese momento fríos e insensibles ante todas esas cuestiones, se iban entonando, restableciendo, hasta alcanzar un entusiasmo que solo el fuego y la luz del Espíritu, con la energía de sus dones, pueden contagiar. Y sentiríamos que nos llenábamos de aquella pasión cristiana y apostólica que parecía estar ya definitivamente agotada en nuestras vidas. Y prorrumpiríamos en un gozoso canto de alabanza y acción de gracias al Dios que nos colma de bendiciones, que nunca se ha separado de nuestro lado. Y por fin, en la Eucaristía, reconoceríamos plenamente la identidad de nuestro acompañante misterioso, y sorprendidos, emocionados y felices, renovaríamos nuestra alianza de amor con Él y nuestra disposición a ponernos en sus manos para continuar siendo lo que Él pida de nosotros. Sin su Palabra en el camino y la Eucaristía final resultaría absurdo pretender sacudirnos de encima la depresión que nos abruma. En este día de Pascua la desesperanza y el desengaño sin remedio no tienen lugar. Solo tenemos porvenir, un porvenir muy luminoso, en la tantas veces sorprendente historia de la salvación de Dios.

¡Feliz Pascua de Resurrección!

 

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