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La Veu de la Parròquia
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La Veu de la Parròquia

Época 2/Núm 395. DOMINGO I DE CUARESMA. 18 de febrero de 2018

 

Allí, corriendo, le sale al encuentro su padre, que se lo come a besos; y monta una fiesta por todo lo alto: porque este hijo mío estaba muerto y ha resucitado, estaba perdido y ha sido hallado. ¡Bien está lo que bien acaba! Fue un final feliz. Esto es la conversión: desandar el camino. Sin esta rectificación -sin volver sobre los propios pasos-, lo que podría parecer contrición -padre, he pecado contra el cielo y contra tí- se queda en un lamento estéril. La contrición y el dolor por los pecados son verdaderos cuando se corta con la causa y con la situación pecaminosa; cuando se hace -en el momento- el propósito de no volver a repetirlo; cuando se manifiesta a quien se ha ofendido, la petición de perdón; y cuando se está dispuesto a ponerse el último, porque “he pecado". Esto es conversión. Pero, al decir de san Pablo: ¿Cómo se convertirán si nadie les predica? Y, ¿cómo van a reconocer su pecado si se les hurta hasta la misma palabra: pecado? Es Jesús mismo quien nos explica casi al detalle, con mimo y detenimiento, misericordiosamente, lo que la conversión significa, la riqueza espiritual y, por tanto, también humana, que encierra para la persona y para la misma Iglesia.

 

DEL MENSAJE DEL PAPA FRANCISCO PARA VIVIR LA CUARESMA. “El hecho de dedicar más tiempo a la oración hace que nuestro corazón descubra las mentiras secretas con las cuales nos engañamos a nosotros mismos, para buscar finalmente el consuelo en Dios. Él es nuestro Padre y desea para nosotros la vida. El ejercicio de la limosna nos libera de la avidez y nos ayuda a descubrir que el otro es mi hermano: nunca lo que tengo es sólo mío. Cuánto desearía que la limosna se convirtiera para todos en un auténtico estilo de vida. Al igual que, como cristianos, me gustaría que siguiésemos el ejemplo de los Apóstoles y viésemos en la posibilidad de compartir nuestros bienes con los demás un testimonio concreto de la comunión que vivimos en la Iglesia. A este propósito hago mía la exhortación de san Pablo, cuando invitaba a los corintios a participar en la colecta para la comunidad de Jerusalén: «Os conviene» (2 Co 8,10). Esto vale especialmente en Cuaresma, un tiempo en el que muchos organismos realizan colectas en favor de iglesias y poblaciones que pasan por dificultades. Y cuánto querría que también en nuestras relaciones cotidianas, ante cada hermano que nos pide ayuda, pensáramos que se trata de una llamada de la divina Providencia: cada limosna es una ocasión para participar en la Providencia de Dios hacia sus hijos; y si él hoy se sirve de mí para ayudar a un hermano, ¿no va a proveer también mañana a mis necesidades, él, que no se deja ganar por nadie en generosidad? El ayuno, por último, debilita nuestra violencia, nos desarma, y constituye una importante ocasión para crecer. Por una parte, nos permite experimentar lo que sienten aquellos que carecen de lo indispensable y conocen el aguijón del hambre; por otra, expresa la condición de nuestro espíritu, hambriento de bondad y sediento de la vida de Dios. El ayuno nos despierta, nos hace estar más atentos a Dios y al prójimo, inflama nuestra voluntad de obedecer a Dios, que es el único que sacia nuestra hambre”.

 

PROPUESTAS PARA LA RENOVACIÓN DEL ESPIRITU. Primero ensanchar la vida. ¿Mi vida actual está dentro de un círculo cerrado? ¿He creado mis seguridades en un mundo seguro y limitado? Es con Cristo que puedo ensanchar la vida consciente de mi pequeñez. Caminar con Él no es ninguna limitación. Desde la cima de la Eucaristía se ve todo claro y cambiado. Aprovechemos esta mirada nueva sobre uno mismo, las personas y las circunstancias que la divina providencia nos ponga delante. Sin doble vida, sin vida paralela, con la vida de la Gracia podemos eliminar todo lo que nos aísla. Mi vocación al Amor.La vida cristiana es, desde el primer minuto bautismal, una respuesta. Lo que hago, vivo o siento está siempre en relación y con diálogo con Cristo. Puedo razonarlo y compartirlo todo a la vez que Cristo también me responde, acoge y puede hacer objeciones. Tengo que responder a Dios que es Amor con amor. Por eso no nos cansamos nunca de hacer ofrenda de nosotros mismos y de todo, todos los días. Las manos del buen alfarero que nos han modelado como obra suya también nos sostendrán en todo tiempo. Respondamos y confiemos. Creer que la fidelidad de Dios es más fuerte.Fracasamos como apóstoles de Cristo cuando pensamos que los pecados son un obstáculo y una distancia insalvable. Dios es fiel y no permitirá que nos perdamos, su don no se echa atrás. Nuestras debilidades nos obligan a pedir ayuda, para no pensar ser más de lo que somos, para disfrutar más de lo que hemos conseguido. Confesamos, pues, todos los pecados para no tener nunca un desengaño. Necesito hacer luz en todas las relaciones sociales. Estar en "red social" no significa saber relacionarme. Es necesaria la luz de la fe para ver cómo me presento, qué imagen doy, como me expongo a peligros y como salgo de ellos. Familia, vida de estudio, amigos, trabajos que tengo entre manos… son relaciones en las que no sólo me juego muchas cosas sino en las que se presenta el Dios que me habita. Cristo no puede convivir con la manipulación, el pecado, la derrota, la contradicción, el sin sentido. ¿La luz que recibo en la oración está en la base de mis relaciones sociales? Puedo construir fraternidad. Es una satisfacción hacer juntos grandes cosas. Pero, a la vez, que difícil es mantener esa voluntad debido a las preferencias, las opciones y las ideas que nos separan. La voluntad de estar en mis compromisos, en los servicios encomendados, en las responsabilidades... es también ascesis, sacrificio y ofrenda. Lo que Dios ha unido, la comunión entre nosotros al precio de la Sangre de su Hijo en la Cruz vale más que todo y lo es todo. Para ser constructores y no derribar nada pongamos la Cruz en el centro de todo y veremos alegres como, a pesar de las diferencias, Cristo nos atrae y nos mantiene unidos. Encontremos, pues, más a Cristo como Señor en todas las cosas, progresemos en su conocimiento y amor, y no estropeemos la vida nueva que el santo Bautismo nos regaló.

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