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La Veu de la Parròquia
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La Veu de la Parròquia

Época 2/Núm 410. DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO. 17 de junio de 2018

 

Las cosas que tiene el Vaticano son tesoros tan valiosos como invendibles. Estamos cansados de escuchar:El Vaticano es la institución más rica que existe, si vendiera todo lo que tiene se acabaría la pobreza en el mundo”. El Vaticano tiene en sus museos algunos de los más grandes tesoros artísticos del mundo, reunidos en 2000 años de historia cristiana sin contar todo lo pre-cristiano que también existe en esos museos. Aunque son tesoros, no son vendibles. La revista «Fortune», especializada en temas económicos, aseguró que la Iglesia ni siquiera se encuentra dentro de las 500 instituciones más ricas de su famosa lista «Fortune 500». En el año 2015 le preguntaron al Papa Francisco: “¿se siente alguna vez bajo presión por vender los tesoros de la Iglesia?”, y su respuesta fue clara: “Esta es una pregunta fácil. No son los tesoros de la Iglesia, sino que son los tesoros de la humanidad”. Cuando Juan Pablo II hizo su primer viaje a Brasil, se metió en medio de una favela y visitó una familia. Conmovido, les dejó de regalo su anillo de Papa. ¿Valoraron el regalo como para venderlo por su peso en oro y comprar comida o ropa? Es su tesoro, lo conservan en la capillita de la favela. Los pobres son pobres, pero no tontos.

 

UN VERANO DE DIOS. Deja en casa lo que tiene que quedarse en casa. Deja el trabajo en el trabajo. Pocas cosas son realmente necesarias en tus vacaciones: tu familia, tus amigos, un poco de ropa, un poco de dinero, comida y especialmente ¡Dios! No llenes tu maleta con cosas innecesarias y que solo te impedirán descansar. Lleva en cambio aquello que te ayudará a reponer tus fuerzas y llegar más renovado de regreso a las actividades habituales del año. Por otra parte, mucha gente lleva a sus vacaciones cosas para leer. Te invito a que en estas vacaciones lleves un buen libro que te ayude a crecer espiritualmente. Saca de tu cabeza que la fe es aburrida, las vidas de los Santos son tremendas novelas de aventura. “Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os daré descanso” (Mateo 11, 28). Y podemos tener muchas otras ideas para que al salir de vacaciones no tomemos vacaciones de Dios.

 

VIVIR APARENTANDO LO QUE NO SOMOS. La palabra “postureo” es un término acuñado recientemente y usado especialmente en el contexto de las redes sociales para expresar formas de comportamiento y de pose que suelen ser más por imagen o por las apariencias que por otras motivaciones. El postureo es como la elegancia, que todos saben lo que es pero nadie sabe bien cómo definirlo. El postureo es algo que se tiene o no se tiene, es una actitud con la que la gente juega un poco a ser lo que no es, o al menos a hacer cosas que esperan un reconocimiento. Es ir a ese sitio de moda sólo para dejarte ver, es colgar esa foto o compartir esa ubicación o ese vídeo, o ir a un evento con tu mejor sonrisa solo para poder decir que has estado. Es hacer cosas más de cara a la galería que por una propia y verdadera motivación, solo porque crees que es lo que en ese momento toca. Por su propia naturaleza, el postureo tiende a crecer, y a veces de modo descontrolado, buscando una recompensa social, en gratitud, reconocimiento, prestigio, influencia, visibilidad. Todos caemos en una u otra forma de dependencia de la imagen que damos a los demás. Y cada estereotipo social suele tener sus técnicas de “postureo”, desde una madre presumiendo de hijos hasta un adolescente haciendo alarde de su elegante modo de beber o de fumar. También las instituciones caen fácilmente en ese denodado esfuerzo para crear una imagen en la que todo tiene que ser perfecto y todos aparecer sonrientes y felices. En todo caso, la clave es aparentar, y si es posible, parecer que todo eso no te importa nada en absoluto. Es hacer esas cosas pensando que sorprenderán a la gente que más te interesa, por muy artificial que resulte, pero como si fuera lo más natural y espontáneo del mundo. Lo malo es cuando el “postureo” se convierte en la clave y la finalidad de lo que se hace, porque lleva a una creciente dependencia de la aprobación de los demás que puede llegar a ser patológica. Hay que estar en guardia para no caer en conductas postizas, artificiales, mediante las que se pretende impresionar a los demás, o mendigar su admiración o su envidia. Quizá baste con ser conscientes de la imagen que vamos proyectando de nosotros mismos y cuándo estamos obrando de cara a la pura galería.

 

CUANDO SÓLO IMPORTA EL BIENESTAR DE UNO MISMO. Las personas tienen sed de lo divino. Muchas de ellas han abandonado las religiones tradicionales y han buscado alternativas a éstas. Y ahí aparece el conglomerado de la “Nueva Era” dedicada a vender el desarrollo del potencial humano y de la nueva espiritualidad. Pero la “Nueva Era” en todas sus ramificaciones ofrece una visión sesgada de Dios. A pesar de que pueda “vender” aspectos sociales como un sentido de fraternidad universal o la movilización de fuerzas para hacer el bien, en realidad no busca el bien de la comunidad sino el individualismo. Pero a muchas personas no les importa esto a causa de su desencanto con la Iglesia, de Cristo y de las religiones tradicionales que no han podido cambiar el mundo. No se apuntan a ninguna iglesia y buscan una espiritualidad a la carta. En los años 60, se decía: Cristo sí, la Iglesia, no; en los 70: Dios sí, Cristo no; en los 80: religión sí, Dios no; en los 90: espiritualidad sí, religión no; en los 2000: bienestar sí, verdad no. ¿Quién no recuerda los libros “inocentes” Juan Salvador Gaviota de Richard Bach o El alquimista de Paulo Coelho? La “Nueva Era” no tiene límites: desde la alimentación a los viajes, desde la autoayuda a la ecología, de una vida saludable al cómo tener éxito en la vida. Para revertir esta tendencia descubramos lo más auténtico de la vida cristiana: su visión más completa de Dios y del hombre, la vocación a vivir en una verdadera vida en Cristo, a asombrarse por los fundamentos doctrinales que nos ofrece la Iglesia Católica para que caminemos en la fe auténtica y redescubramos a Dios personalmente, a Jesucristo, como único maestro y Salvador, a la oración como verdadero diálogo con Dios Padre y gozar de nuestra vida bautismal y resucitada.

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