A la luz de la Palabra de Dios
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A la luz de la Palabra de Dios

 


A cargo de Mn. Pere Montagut

 

Mirad, vigilad, pues no sabéis cuándo llegará el momento. El adviento nos acostumbra a vivir vigilantes en todo tiempo y situación. Si la vigilancia va a menos aumenta el riesgo y la posibilidad de decaimiento, dejadez, mediocridad y hasta la malversación de la gracia. En verdad estamos vigilantes por muchos temas: la salud, la economía, el crecimiento de los hijos... el futuro que nos espera... Pues lo mismo hay que hacer sobre nuestra salud espiritual: bajar la guardia da oportunidades al enemigo está siempre al acecho. Estemos, pues, vigilantes y preparados, para que cuando el Señor llegue nos encuentre dispuestos, y no sorprendidos, y recibirle así con dignidad cristiana. Se trata de ser personas espiritualmente activas, para que cuando el Señor venga definitivamente a nuestro encuentro, no nos encuentre dormidos.

Es tiempo para vernos en manos del alfarero que se toma su tiempo para moldear nuestra arcilla: todos somos obra de su mano. Esto nos da una inmensa confianza. Isaías pone en boca del pueblo un grito de auxilio a Dios para que no les deje desamparados y solos. Un pueblo que reconoce el pecado como causa de sus males pero que también sabe que Dios se vuelca en aquel que espera en su amor. Por eso puede expresar una oración inspirada y atrevida para que la culpa de sus hijos no provoque un exceso en la ira del Señor.

Tenemos necesidad de la venida del Señor. Lo cantamos todos los años al comenzar el Adviento: destilad, cielos, el rocío y lloved, nubes, al justo. Sin la ayuda del Señor caeríamos como las hojas de los árboles en otoño y nuestras maldades nos arrastrarían como el viento. Por eso, hemos rezado: Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve. Que brille su rostro glorioso capaz de colmar nuestros temores; que brille su rostro encarnado capaz de atraer nuestras sospechas.

No descuidemos, pues, nuestra fe personal. Sobretodo vigilando que no se nos escape la escucha atenta de la Palabra de Dios y quizá un renovado compromiso eucarístico tal vez con la misa diaria... Vigilemos también la tarea que Dios nos ha encomendado. Si somos padres, si somos catequistas, si estamos implicados en la vida activa de la Iglesia preguntémonos ¿en qué tenemos que progresar y qué hemos de desterrar de nuestros trabajos para preparar un digno camino al Señor?

Y cuidemos la oración. El gusto por el “estar a solas con Dios”. Es en ella donde estamos más vigilantes. Es en las horas de más soledad cuando escuchamos la certeza de que Él puede presentarse.

Y la gracia y la paz de Dios nos asistirán en todo momento. Necesitamos la gracia de Dios para restaurar nuestra naturaleza caída; necesitamos la paz de Dios, una paz que es a su vez gracia y don, no cálculo interesado de nuestros egoísmos y conveniencias particulares.  A veces nos tocará dirigirnos a Dios desde la desesperanza, el desánimo o la impotencia.. creyendo que sólo su castigo nos haría reaccionar. Pero hasta Isaías reconoce que Dios es un Padre capaz de compadecerse de nuestras miserias y darnos una nueva oportunidad.

 

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